lunes, 26 de enero de 2026

2.- DON PELAYO (¿ - 737)


A Fáfila, padre de don Pelayo y duque de Cantabria, el visigodo Witiza, que con el tiempo sería el penúltimo rey godo en España, le aflojó un tantarantán con una maza en la cabeza que lo dejó definitivamente listo de papeles. ¿La causa?: una mujer, una esposa (uxor). Pero lamentablemente no sabemos si hubo una infidelidad ni si la pérfida fue la mujer de Witiza o la de Fáfila (y madre de don Pelayo), pues la redacción de la crónica que nos informa de este escabroso suceso es bastante borrosa.

Si cuento esto no es porque el asunto tenga demasiado que ver con la biografía de don Pelayo, que sí que la tiene, sino porque en algún sitio leí que para escribir un best seller facilita mucho las cosas el que, ya en la primera página, aparezca un asesinato o una violación. Estoy intentando seguir tan sabio aunque tremebundo camino.

Bueno, pues resulta que el rey Egica, que empezó a reinar sobre 687 y lo hizo durante 15 años, asoció al trono a su hijo Witiza. La asociación al trono era una práctica usual entre los reyes visigodos destinada a asegurar el trono para su hijo, pues como la monarquía goda tenía carácter electivo, el hijo que había sido asociado podía presentar en el momento de la elección 2 ventajas sobre otros candidatos: una que ya tenía experiencia de gobierno y otra que ya disponía de mando (y amigos) en el ejército. Ambos argumentos eran suficientemente convincentes como para ser “elegido”.

Pues bien, el joven Witiza quedó asociado al trono en 694, enviándolo su padre a Tuy para que fuese aprendiendo a ser rey con las gentes del noroeste de Spania. En su séquito figuraban el desventurado Fáfila y su mujer. Más tarde se localiza allí a su hijo Pelayo, pero no tenemos datos que nos permitan deducir si fue llevado niño desde Toledo o si nació ya en Tuy. La familia se completaba con una niña, Ermesinda, de la que tampoco sabemos cuándo ni dónde nació, pero que llegó a reinar en Asturias.

Hay bastante coincidencia en que fue en Tuy donde le propinó el futuro rey al duque el mortal mamporro, aunque algunos cronistas creen que el hecho tuvo lugar en algún punto ignoto a orillas del Órbigo ya cerca de León, lo que hablaría de la extensión territorial de la administración “witiziana”.

Cuando hacia 697 Witiza fue elegido rey (ya te digo), se instaló, como toda la monarquía goda, en Toledo trasladando con él a los cortesanos que tenía en Galicia, entre los que se encontraba el ya huérfano Pelayo.

Don Pelayo, primer rey de la monarquía asturiana, es un personaje bastante controvertido del que se conjeturan más cosas que las que se conocen. Se sabe que su nombre era latino, Pelagius, y por ello algunos lo consideran hispano-romano y no godo. Pero eso es una presunción gratuita, porque mezcladas ambas razas desde hacía muchas generaciones, no es difícil encontrar visigodos con nombres latinos como el rey Recaredo, cuyo primer nombre era Flavio (más latino imposible), el rebelde dux Paulo de tiempos de Wamba o el Obispo de Toledo, Eugenio. Algún historiador ha querido hacer a Pelayo vasco y algún otro astur, alegando que el final en –ayo (-ayu) es típico de la zona (sustantivos como orbayu o carbayu y topónimos como Maliayo o Barayo), pero es evidente que el nombre Pelagius es absolutamente latino; otra cosa es cómo lo pronunciaban los naturales de Asturias. Otros lo hacen nacido en el valle de Liébana, y estoy seguro de que si el Institut Nova Història se percata de estos titubeos natalicios, pronto saldrá el señor Cucurull diciendo que Pelayo era de Mataró (En efecto, Per Laio: Pedro el laietano ¿No?).



Lo que sí sabemos es que, como digo, cuando Witiza se corona Pelayo regresa con él a Toledo como spatario (algo así como Guardia de Corps). Pero a pesar de que ese empleo se daba solo a gentes de confianza, en cierto momento el rey lo aparta de sí, desterrándolo. Se ignora la causa; tal vez llegase a los reales oídos que el huérfano tramaba asesinarlo, bien para vengar la muerte de su padre, bien con intención de usurpar el trono. En cualquier caso la amenaza no debió ser muy severa por cuanto Witiza ni lo hizo matar ni lo hizo sacar los ojos, que eran los castigos habituales para los usurpadores, limitándose a alejarlo de la Corte.

Más tarde lo vemos de nuevo en Toledo, ahora también como spatario pero del siguiente, y último, monarca godo: don Rodrigo. Parece claro que a la muerte de Witiza Pelayo recuperaría el crédito ante el nuevo rey y, por consiguiente, el puesto de confianza que anteriormente ostentó.

En la primavera de 711, reinando don Rodrigo, entró en España una fuerza musulmana de unos 7.000 hombres, compuesta sobre todo por sirios, árabes y bereberes, dando así comienzo la conquista de la Península Ibérica. El asunto le pilló al rey y a su ejército combatiendo contra los siempre indómitos (y pesados) vascones, con lo que no tuvo oportunidad de enfrentarse a los invasores hasta mediados de julio. El choque se produjo junto al río Guadalete y allí perdió el rey la batalla y la vida. Desde ese momento los muslimes no dejaron de avanzar en dirección norte, mientras que los hispanos o morían, o se rendían, o huían también hacia el norte.

Muchos nobles godos, incluidos algunos miembros del clero, se refugiaron en Asturias. Entre ellos estaba Pelayo, que probablemente estuvo en la derrota de Guadalete, y que viajó hacia el norte en compañía de su hermana Ermesinda (o Ermisenda). Los cronistas afirman que en cuanto se reunieron los nobles toledanos eligieron a Pelayo como su jefe, pero tal premura es dudosa. Detrás de las crónicas está la intención de vincular al nuevo líder con la extinta monarquía toledana, de manera que la llegada de los invasores y la muerte de don Rodrigo no rompiesen la “cadena” gótica. Por eso pretenden que su elección se hizo rápidamente como si de un nuevo rey dinástico se tratara. Por otro lado, otros cronistas con el mismo ánimo hacen ver que Pelayo pertenecía a la familia real goda, haciéndolo aparecer como nieto del rey Chindasvinto aunque esto es bastante discutible.


La cuestión es que estando aposentada ya en Asturias una buena cantidad de godos fugitivos, en 714 irrumpieron en la zona los invasores musulmanes mandados por el gobernador bereber Munuza, nombrado por el famoso Muza, el moro Muza, que instaló su gobierno en Gijón.

Los sarracenos se relacionaban con los invadidos por medio de dos instrumentos jurídicos. Existían los pactos shul, que no eran sino un acuerdo de rendición firmado con aquellas ciudades o territorios que habían sido tomados por la fuerza (En Mérida, que resistió a los árabes 14 meses, se firmó un pacto shul).  Pero en otros lugares, conscientes los cristianos de la inutilidad de una resistencia suicida, se pactaba con los mahometanos un acuerdo de paz, de un tipo llamado ahd, que consistía en el pago de una contribución por los cristianos, a cambio de la “protección” árabe y la conservación de una cierta autonomía política. El paradigma de este tipo de pacto fue el firmado entre el duque Teodomiro (Tudmir) de Orihuela y un hijo de Muza y, sin duda, de este tipo fueron los que Munuza firmó con los principales cabecillas de Asturias, ya fuesen éstos godos refugiados o astures. Además, como garantía del cumplimiento de los pactos, los cristianos entregaron a Munuza algunos personajes en rehenes, entre los que estaba Pelayo que, con este motivo, parece que viajó a Córdoba, aunque hay cronistas que creen que fue a la capital del emirato en cumplimiento de algún encargo del propio Munuza.

Pero el tío consiguió escapar de Córdoba (717 o 718) y regresar a Asturias donde, y esto parece más verosímil, tras recorrer la zona captando voluntades para una revuelta, fue elegido jefe de aquella horda aún sin organizar y que no tenía otro fin que desuncirse del yugo musulmán y del consiguiente indeseado pago de impuestos. Desde luego que por entonces ni se les ocurría a los rebeldes pensar en reconquistar todo el reino godo.

Otra teoría sobre las razones de Pelayo para alzarse contra el invasor moruno es el supuesto idilio entre Ermesinda, la hermana de Pelayo, y el gobernador Munuza. Parece que enterado a su regreso de Córdoba de tal quillotro, el godo vio ahí una ofensa a su honor y esa fue la chispa que prendió la yesca. Puede ser, pero a mí me parece dudoso por lo novelesco.

Pelayo casó con una mujer noble llamada Gaudiosa (Alegre), natural de la Montaña y a quien había conocido en un mercado de caballos en Liébana, que le dio dos churumbeles: Favila, que le sucedería en el trono, y Adosinda, que sería también, más adelante, reina de Asturias consorte.

Así que, en resumen, tenemos a un personaje que algunos consideran que no existió, que, de haber existido, no se sabe ni cuándo ni dónde nació, que fue desterrado de la corte y no se sabe ni por qué ni a dónde fue ni en qué año, que fue spatario real aunque unos dicen que de Witiza y de don Rodrigo y otros dicen que sólo de este último, que se ignora si participó en la batalla de Guadalete, que pasó a Córdoba aunque se desconoce en calidad de qué, que no se sabe cómo escapó de allí y que se rebeló contra el invasor musulmán pero se desconocen exactamente los motivos.

¡Ea!


lunes, 22 de diciembre de 2025

3 CONCEPTOS EN DEBATE: REINO ASTUR, RECONQUISTA Y CONCEPTO DE ESPAÑA (Intro para darle caña a la serie Monarquía Asturiana para Amiguetes)

Con el Reino Astur da comienzo la Reconquista de España

Bueno, pues en sólo esas diez palabras, aparecen tres conceptos hoy en día motivo de debate: Reino Astur (o asturiano), Reconquista y España.

Es cierto que en las crónicas cristianas de la época no se menciona al Reino de Asturias. Y también es cierto que los reyes protagonistas de las páginas que siguen no se autonombraban como tales. Para mayor dificultad, una parte importante de los poderes del reino, la nobleza de Galicia, sintiéndose heredera de los grandes señores del reino suevo, siempre se mostró reacia a aceptar el nuevo status en el que Asturias se erigía como centro de gravedad político de la zona. Con toda probabilidad, la renuencia de los gallegos/suevos a ser “absorbidos” por los asturianos se debía a que en ellos veían a los visigodos que los habían sometido manu militari hacía relativamente poco tiempo (585).

A los máximos líderes políticos del área limitada por el Cantábrico por el norte; por el Atlántico por el oeste; por los montes Vasco-cantábricos, Astúricos y Galaicos por el sur;  y por las tierras navarras por oriente, los llamaré reyes asturianos a pesar de la opinión de algunos puristas. Si se hicieron proclamar prínceps o reyes, si establecieron sus sede en Cangas de Onís, Pravia, San Martín y Oviedo con sus correspondientes protocolos áulicos; y si mantuvieron un cierto nivel de soberanía sobre sus vecinos… ¿Por qué no llamarlos reyes asturianos? ¿No llamamos también reyes a los régulos navarros cuyo ámbito territorial de poder era diminuto?

El segundo concepto controvertido es el de  Reconquista.

Esta palabra apareció a finales del siglo XVIII, pues anteriormente el vocablo que se usaba para el largo proceso de expulsión del invasor sarraceno era el de “restauración”. Y aunque esta expresión queda mucho más light, inevitablemente lleva en sí la más agresiva idea de “reconquista”. Si se trataba de restaurar lo preexistente a la invasión sarracena de 711, tal restauración exigía la recuperación del territorio, que no tenía otra posibilidad de llevarse a cabo más que por la vía militar. Hubiese sido infantil creer que los moros estaban dispuestos a abandonar motu proprio todo lo que habían ya ocupado.

 

A mí me parece que recuperar algo que un tercero ha conquistado es, objetivamente, una reconquista, pero los enemigos de este vocablo alegan que los agarenos que fueron derrotados por los sucesivos monarcas entre don Pelayo y los Reyes Católicos, no eran los mismos que perpetraron la conquista, con lo que el concepto se diluye. Es igual; no se trataba de reconquistar a las personas, sino a los territorios, y estos no habían variado.

A los mal llamados árabes, que se habían extendido en poco más de un siglo desde Agadir hasta Karachi (¡Casi 8.000 km de punta a punta!), se enfrentaron los reyes hispanos a pesar de que los invasores fueron reforzados en tres ocasione por almorávides (1086), almohades (1146) y benimerines (1276). Y poco a poco, batalla a batalla, pacto a pacto, boda a boda, siglo a siglo, consiguieron devolver a los muslimes al lugar del que habían salido, recuperando el terreno que en otro tiempo se les había usurpado sin otro derecho que el de la fuerza. Pero, y creo que esto es clave, desde Alfonso III (866) nunca se perdió de vista la idea de recuperar lo perdido, no sólo físicamente sino también anímica y espiritualmente.

Algún enemigo del concepto de Reconquista lo devalúa sobre la base de que los cristianos no eran conscientes del proceso reconquistador. No es cierto; lo eran. En las pocas líneas que me permite el sistema AMIGUETES, del que os recuerdo mi propósito de no sobrepasar nunca las 4 páginas, no puedo hacer grandes argumentaciones, pero diré que los más importantes medievalistas de España (Abilio Barbero, Menéndez Pidal, Pérez de Urbel, Sánchez Albornoz, Ferrán Soldevilla, Vals i Taberner, Marcelo Vigil…) están francamente a favor de la idea de Reconquista. Ya sé que el argumento de autoridad no es el más poderoso, pero admitamos que son nombres que apabullan. Además ¿Por qué debía ser necesaria una conciencia reconquistadora? Según eso ¿Colón no descubrió América porque no era consciente de que lo hacía?

Pero es cierto que otros muchos intelectuales rechazan el concepto de “reconquista”. Llama la atención que Ortega y Gasset esté entre ellos alegando que no hay guerras que duren 800 años (ni cuerpo que lo resista, añado yo), pero eso es un error del conspicuo pensante. La Reconquista no fue una guerra; fue un proceso que incluyó guerras, batallas, batallitas y escaramuzas que, además, estaban veteadas de intereses económicos, amoríos, rencillas personales, alianzas estratégicas, traiciones, treguas, cambios colectivos de mentalidad o, sencillamente, el azar.



Y que había un “concepto nacional” de reconquista no es difícil demostrarlo. Son muchas las operaciones conjuntas de los diversos reinos contra la morisma, pero pondré como ejemplos la primera toma de Almería (1147) en la que una flota catalana colaboró con Alfonso VII “El Emperador”; o la batalla de las Navas de Tolosa (1212) donde se presentaron a luchar Castilla, Navarra, Aragón y las cuatro órdenes militares (la de Montesa era de Aragón), mientras que los 2 reinos que no acudieron al encuentro, Portugal y León, se comprometían a no atacar las retaguardias que cada uno de los monarcas combatientes dejaba desguarnecida. ¿Por qué iban a pactar algo así?

Las crónicas a partir de Alfonso III hablan ya de expulsar a los árabes solidariamente, con omisión del nombre de los reinos cristianos que participaban en esa expulsión. Hasta 1.492 no dejaron de hacerlo.

Y la tercera voz que no gusta oír a muchos es la voz España. Se dice que España no aparece en la Historia hasta la toma de Granada (1492), hasta la llegada de los borbones al trono hispano (1700), hasta la Constitución de 1812 o hasta el reinado de Alfonso XII (1875). Hay para todos los gustos.

Yo tengo que negar esto. España como entidad política existe al menos desde los tiempos de los romanos. El primer procónsul en Hispania, que lo fue Cneo Cornelio Escipión en nombre de su hermano Publio, es de 217 a. C. Y no hará falta recordar que los procónsules y pretores que año a año, sin fallar uno, nos envió Roma para “gobernarnos” eran magistrados que ejercían sus funciones en las provincias; no en comarcas geográficas sino, repito, en unas entidades políticas llamadas provincias. Hispania, por tanto, como demuestra el trato administrativo que Roma le daba, no era un mero accidente geográfico, sino que era una entidad política, una provincia, que luego se fue subdividiendo en otras. Para las zonas geográficas no se designaban esos cargos; no hay procónsul para los Vosgos, o para el valle del Rhur, o para las Ardenas, pero para España (o Hispania o Spania), sí.

Tras la batalla de Vouillé (505), los visigodos derrotados se establecieron en España creando un reino que, en principio, se llamó Regnum Gothorum (reino de los Godos) y posteriormente Regnum Hispanæ o Spaniæ (Reino de España). Entonces… ¿No existía España?

Los visigodos crearon un reino con un solo monarca; una capital (Toledo); un topónimo para todo su territorio (Spania); un ejército nacional que luchó tanto contra el enemigo exterior común (Imperio Bizantino), como contra los interiores (vascones, el dux Paulo…), como para invadir a los vecinos (suevos); una política unitaria definida por unos concilios a los que asistían docenas de prelados, algunos recorriendo más de 600 km en mula, y cuyos cánones tenían validez en toda Spania; un corpus legal idéntico para todo el reino, un sistema fiscal común… Y el imperium del monarca era tal que podía hacer cambiar de creencias religiosas a todos sus súbditos

Me pregunto qué más requisitos se pueden exigir para admitir que España, o Spania o Hispania, era ya entonces una entidad política viva y autónoma.

Las menciones a España antes de los Reyes Católicos son incontables. San Isidoro escribe una Laus Hispaniæ/Spaniæ (Alabanza de España) en 624; el obispo Sinderedo, firma las actas del Concilio de Roma (721) como Episcopus ex Hispania (Obispo de España); Beato de Liébana, en su famoso himno en favor del patronazgo de Santiago (783-788), menciona potitus Hispaniam (apoderarse de España) y Caput … Hispaniae (Cabeza … de España); Alejandro II dicta una bula de la Santa Cruzada (1064) a favor de la lucha contra los musulmanes de la Península que se titula Eos qui in Ispaniam (Los que en España); Gregorio VII escribe en 1073 una carta en la que se lee: “…regnum Hispaniae ab antiquo proprii iuris Sancti Petri fuisse (el reino de España desde antiguo perteneció a San Pedro ¡El reino de España!). En fin, las alusiones a España, citada por su nombre latino o godo, son constantes en la crónicas altomedievales y las historias de España florecen en los siguientes siglos con apabullante lujuria, siendo acaso la más famosa de ellas la “Estoria de España” de Alfonso X el Sabio.

¿Cómo que no existía España?


martes, 30 de enero de 2024

Breve serie monográfica sobre la MONARQUÍA ASTURIANA PARA AMIGUETES.

 

Querido AMIGUETE.

Retomo los envíos que durante tanto tiempo he estado realizando a quienes os considero AMIGUETES, ahora con el tema del Reino de Asturias.

Como hay bastantes AMIGUETES nuevos, dedicaré unas líneas para explicar en qué consiste esto.

Todos los jueves desde el próximo en adelante, os enviaré una información de carácter histórico sin otro ánimo que el de la divulgación. En algunos casos serán para ti informaciones nuevas y en otros serán un simple recordatorio, pero no pretendo ser un historiador. A todo esto, que vengo haciendo desde el año 2011, le llamo en general HISTORIA PARA AMIGUETES porque pretendo realizar mis comunicaciones, sin perder rigor, en un tono similar al que utilizarían dos amiguetes en una conversación en la barra de un bar


 

Cada envío semanal, salvo alguna excepción, no tendrá más que 4 páginas porque la experiencia me dice que es el máximo que alguien me puede aguantar a la semana; más páginas mías sé que resultan insoportables.

Aunque el texto está registrado, estás autorizado a pasárselo a tanta gente como quieras, la única prohibición es que se gane dinero con mi trabajo.

Así que, ya desde el próximo jueves empezarás a recibir semanalmente los 14 capítulos de que consta esta breve serie monográfica sobre la MONARQUÍA ASTURIANA PARA AMIGUETES.

Bienvenidos los nuevos y bien hallados los veteranos.

Canel

Enero 2024

jueves, 10 de agosto de 2023

CONCLUSIONES A MODO DE DESPEDIDA DE UN CASI MONARQUICO


Una aclaración antes de cerrar esta serie sobre la 1ª República Española. Yo no soy republicano, de acuerdo; pero tampoco creo ser monárquico.

No encuentro razones definitivas para ser una cosa u otra aunque, para ser sincero estoy más cerca de la monarquía que de la república.

La principal crítica que se le hace a la república en España es lo desastrosos que han sido los resultados en sus dos experiencias republicanas, pero tampoco es que los monarcas españoles se hayan hecho acreedores a estruendosas ovaciones desde el siglo XVII: Felipe III fue un abúlico mórbido, Felipe IV un obseso sexual, Carlos II un ser “hechizado”, Felipe V un psicótico incapaz de gobernar; Luis I un niño, Fernando VI un depresivo bipolar, Carlos III una rara excepción en el canon monárquico español, Carlos IV un débil incapacitado para gobernar siquiera su propia familia, Fernando VII un bellaco, Isabel II una erotómana, Alfonso XII conseguiría la estabilidad a base de pucherazos en las urnas y Alfonso XIII toleró (si no promovió) una dictadura.

Se comprenderá que me cueste bastante esfuerzo declararme monárquico, pero alguien, tras explayar yo una enumeración parecida a la que acabo de hacer, me dijo que eso demuestra la fortaleza del sistema monárquico, que es capaz de flotar por encima de la calidad de los propios reyes. Puede ser.

Las críticas a la monarquía se encierran en dos. Por un lado lo costosa que es la corona. No sé; no alcanzo a ver qué gastos “superfluos” ahorraría la república. ¿Es que los republicanos dejarán de cuidar los jardines de la Sabatini? ¿Es que se licenciará a la Guardia Real y se enviará a sus miembros al paro? ¿Es que piensan derruir el Palacio Real y construir apartamentos sociales? (Recordaré que don Manuel Azaña trasladó allí su residencia) ¿Es que se van a eliminar los ágapes en honor de las visitas de mandatarios extranjeros de primer nivel? De verdad que no entiendo dónde estaría el pretendido ahorro. Y ello sin contar el costo económico añadido que supondrían unas elecciones presidenciales cada cuatro o cinco años.

La otra crítica es la marginación del pueblo en el proceso hereditario. Bueno ¿Y qué? ¿Es que cada cuatro años cambiamos de bandera, o de himno, o de nombre de la nación? Entonces, ¿Por qué cambiar de Jefe de Estado?

Si el Jefe del Estado se limita a cumplir lo que hoy es el título II de la Constitución, es absolutamente indiferente cuál sea su procedencia. Lo sustantivo es, sobre todo, su capacidad (y actitud) de arbitrar con absoluta imparcialidad. Si se me garantizase la neutralidad del elegido, a mí me daría igual que fuese cooptado entre los monjes de Burgos que entre los delineantes de Oviedo. A mí y a cualquiera que se dé cuenta de que no gobiernan ni un rey constitucional ni un Presidente de la República.

Naturalmente que la monarquía incorpora una dificultad en principio; un Presidente, si lo hace mal, puede ser sustituido cada vez que haya nuevas elecciones, mientras que no existen elecciones a monarca. Bueno, eso no es insalvable, pues el artículo 59 de la actual Constitución prevé la incapacidad del rey, así que solo haría falta tipificar las causas de incapacitación e instrumentar el sistema de impeachment. Y esto tendría el mismo vigor para un rey que para otro tipo de Jefe de Estado.

 Me pregunto cuál es el interés de un partido político en que salga elegido como Presidente el candidato presentado por él. ¡Hombre! Todo parece apuntar a que ese partido espera sacar algo en limpio, porque en caso contrario no gastaría sus esfuerzos y su dinero en sentar a “su” hombre en la cúpula de España. Y, desde luego, es difícil que un partido lleve a un tío hasta el poder y luego éste no se vea obligado a “mostrarse agradecido” (acepto que acaso involuntariamente) a quien le aupó. Pero un rey no debe agradecimiento a nadie, por lo que ofrece, en principio, mayores garantías de neutralidad.

Pero lo que más me atrae de la monarquía es que supone un vínculo del ciudadano con España como concepto intelectual, histórico y moral, con sus costumbres, con sus prohombres, con sus símbolos, con sus héroes… Por su parte un presidente evoca sólo al partido que lo encumbró e, inevitablemente, genera un porcentaje más o menos importante de españoles que se siente velis nolis representado por él. Eso, y la periódica división en “dos españas”, es otro costo social adicional del sistema republicano. Recuerdo cómo Santiago Carrillo sobre el año 2000, al ser interrumpido en una conferencia que daba en la Universidad por jóvenes que reclamaban la república, los calló desde el estrado con una sola frase:

-Les recuerdo que si hoy hubiese república el presidente sería Aznar.

La muchachada se calló, porque lo que esperaba era que el presidente fuese “de los suyos”; si no, no querían república. ¿Por qué? ¿Acaso porque no se buscaba la neutralidad en el Jefe del Estado, sino su parcialidad favorable?

Neutralidad y no actuar en el ámbito reservado a los políticos (como equivocadamente hicieron Isabel II, Alcalá Zamora y Azaña): con eso es suficiente. Y si el Jefe del Estado reúne ese par de virtudes, me parece algo absolutamente baladí la forma en que alcanzó la jefatura.

Gracias, AMIGUETE, por leerme y… ¡Hasta la próxima!

EXISTOS PERO SOBRE TODO FRACASOS DE LA PRIMERA REPUBLICA ESPAÑOLA

 


Cuando el pueblo español consiguió echar de España a Isabel II en septiembre de 1868, se abrieron puertas de esperanza para muchos. Pero la realidad puso las cosas en su sitio: España no se dirigía hacia la república como muchos anhelaban, sino hacia otra monarquía.

El proceso fue sorprendente: el pueblo expulsa a la reina, las élites políticas traen a otro rey, la alta burguesía y la nobleza expulsan a ese rey, ahora las élites políticas traen la República y el nuevo régimen se pega un batacazo zancadilleado tanto por las mismas élites políticas que lo trajeron como por el pueblo. Los que habían visto cómo se abrían puertas de esperanza, descubrieron con decepción que, de nuevo, se cerraban.

Así que el proceso histórico de aquellos años no es sino la sucesión de una esperanza (Revolución de 1868), una decepción (Amadeo de Saboya, 1871), una ilusión (1ª República, 1873) y, en fin, un fracaso (Golpe de Pavía, 1874).

El sistema republicano ni fue capaz de solucionar ninguno de los tres grandes problemas que heredó de Amadeo de Saboya (Economía, Carlismo y Guerra de Cuba), ni tan siquiera pudo procurarles algún alivio.

La 1ª República[1] no puede presentar ni un solo éxito, con el agravante de que solo un lustro después de derrumbarse las cosas estaban un poquito más apañaditas, pues habían terminado victoriosamente las guerras Carlista y de Cuba, la economía había mejorado (también es verdad que se partía de un punto muy bajo) y los niveles de inseguridad se habían hecho más tolerables. Eso me lleva a pensar que en 1873 existía alguna forma de meterle mano a todo aquello pero que los republicanos no supieron encontrar ni activar.

Pero claro, si resulta que el enemigo común de los 4 Presidentes del Poder Ejecutivo de la República fueron los propios republicanos, me parecería demasiado exigirles que, además de atender a los problemas habituales de un gobierno, soportasen estoicos la lucha en el “flanco interior” que les planteaban unos antiguos correligionarios que ahora los odiaban. Y la causa de esa desafección (o acaso traición) de los republicanos hacia sus líderes nace de que, como suele ocurrir en España, buena parte de los políticos y del pueblo creyeron que República era sinónimo de Revolución.

 


Esas prisas, esas quemas de iglesias y de ayuntamientos, esas ocupaciones de tierras, esas insubordinaciones en el ejército, esas actitudes obstruccionistas de los diputados intransigentes, esos saltarse la ley deponiendo ayuntamientos democráticos… todo ello y más, no se compaginaba con las virtudes éticas personales de Figueras, Pi i Margall, Salmerón y Castelar, ni con las áticas que se esperan de próceres que miran por el bien de la Patria.

Lo que es aún más doloroso para la historia de la 1ª República es que los pocos éxitos que puede exhibir, se produjeron bajo el mandato de Castelar que, como se ha dicho, gobernó con plenos poderes y con el control parlamentario suspendido; algo, en fin, bastante poco republicano.

La 1º República no dejó nada a la historia de España, salvo el Himno de Riego (que es de 1820, pero bueno); ni un fleco, ni una hilacha. Si no fuese por los republicanos militantes que la presentan como aperitivo de la 2ª República, no ocuparía ni media página en los textos. Y el cantonalismo, con una duración de un par de semanas (¡15 días en medio de la secular historia de España!) no aparecería más que en alguna nota de pie de página de algún libro escrito por algún erudito un tanto meticuloso.

 



[1] Siempre me ha admirado la perspicacia de Pérez Galdós. En 1911 publicó su antepenúltima novela de los Episodios Nacionales. La tituló LA 1ª REPÚBLICA. ¡Pero bueno! ¿Cómo sabría él que habría una segunda República años después?