A Fáfila, padre de don Pelayo y duque de Cantabria, el visigodo Witiza, que con el tiempo sería el penúltimo rey godo en España, le aflojó un tantarantán con una maza en la cabeza que lo dejó definitivamente listo de papeles. ¿La causa?: una mujer, una esposa (uxor). Pero lamentablemente no sabemos si hubo una infidelidad ni si la pérfida fue la mujer de Witiza o la de Fáfila (y madre de don Pelayo), pues la redacción de la crónica que nos informa de este escabroso suceso es bastante borrosa.
Si cuento esto no es porque el asunto tenga demasiado que ver con la biografía de don Pelayo, que sí que la tiene, sino porque en algún sitio leí que para escribir un best seller facilita mucho las cosas el que, ya en la primera página, aparezca un asesinato o una violación. Estoy intentando seguir tan sabio aunque tremebundo camino.
Bueno, pues resulta que el rey Egica, que empezó a reinar sobre 687 y lo hizo durante 15 años, asoció al trono a su hijo Witiza. La asociación al trono era una práctica usual entre los reyes visigodos destinada a asegurar el trono para su hijo, pues como la monarquía goda tenía carácter electivo, el hijo que había sido asociado podía presentar en el momento de la elección 2 ventajas sobre otros candidatos: una que ya tenía experiencia de gobierno y otra que ya disponía de mando (y amigos) en el ejército. Ambos argumentos eran suficientemente convincentes como para ser “elegido”.
Pues bien, el joven Witiza quedó asociado al trono en 694, enviándolo su padre a Tuy para que fuese aprendiendo a ser rey con las gentes del noroeste de Spania. En su séquito figuraban el desventurado Fáfila y su mujer. Más tarde se localiza allí a su hijo Pelayo, pero no tenemos datos que nos permitan deducir si fue llevado niño desde Toledo o si nació ya en Tuy. La familia se completaba con una niña, Ermesinda, de la que tampoco sabemos cuándo ni dónde nació, pero que llegó a reinar en Asturias.
Hay bastante coincidencia en que fue en Tuy donde le propinó el futuro rey al duque el mortal mamporro, aunque algunos cronistas creen que el hecho tuvo lugar en algún punto ignoto a orillas del Órbigo ya cerca de León, lo que hablaría de la extensión territorial de la administración “witiziana”.
Cuando hacia 697 Witiza fue elegido rey (ya te digo), se instaló, como toda la monarquía goda, en Toledo trasladando con él a los cortesanos que tenía en Galicia, entre los que se encontraba el ya huérfano Pelayo.
Don Pelayo, primer rey de la monarquía asturiana, es un personaje bastante controvertido del que se conjeturan más cosas que las que se conocen. Se sabe que su nombre era latino, Pelagius, y por ello algunos lo consideran hispano-romano y no godo. Pero eso es una presunción gratuita, porque mezcladas ambas razas desde hacía muchas generaciones, no es difícil encontrar visigodos con nombres latinos como el rey Recaredo, cuyo primer nombre era Flavio (más latino imposible), el rebelde dux Paulo de tiempos de Wamba o el Obispo de Toledo, Eugenio. Algún historiador ha querido hacer a Pelayo vasco y algún otro astur, alegando que el final en –ayo (-ayu) es típico de la zona (sustantivos como orbayu o carbayu y topónimos como Maliayo o Barayo), pero es evidente que el nombre Pelagius es absolutamente latino; otra cosa es cómo lo pronunciaban los naturales de Asturias. Otros lo hacen nacido en el valle de Liébana, y estoy seguro de que si el Institut Nova Història se percata de estos titubeos natalicios, pronto saldrá el señor Cucurull diciendo que Pelayo era de Mataró (En efecto, Per Laio: Pedro el laietano ¿No?).
Lo que sí sabemos es que, como digo, cuando Witiza se corona Pelayo regresa con él a Toledo como spatario (algo así como Guardia de Corps). Pero a pesar de que ese empleo se daba solo a gentes de confianza, en cierto momento el rey lo aparta de sí, desterrándolo. Se ignora la causa; tal vez llegase a los reales oídos que el huérfano tramaba asesinarlo, bien para vengar la muerte de su padre, bien con intención de usurpar el trono. En cualquier caso la amenaza no debió ser muy severa por cuanto Witiza ni lo hizo matar ni lo hizo sacar los ojos, que eran los castigos habituales para los usurpadores, limitándose a alejarlo de la Corte.
Más tarde lo vemos de nuevo en Toledo, ahora también como spatario pero del siguiente, y último, monarca godo: don Rodrigo. Parece claro que a la muerte de Witiza Pelayo recuperaría el crédito ante el nuevo rey y, por consiguiente, el puesto de confianza que anteriormente ostentó.
En la primavera de 711, reinando don Rodrigo, entró en España una fuerza musulmana de unos 7.000 hombres, compuesta sobre todo por sirios, árabes y bereberes, dando así comienzo la conquista de la Península Ibérica. El asunto le pilló al rey y a su ejército combatiendo contra los siempre indómitos (y pesados) vascones, con lo que no tuvo oportunidad de enfrentarse a los invasores hasta mediados de julio. El choque se produjo junto al río Guadalete y allí perdió el rey la batalla y la vida. Desde ese momento los muslimes no dejaron de avanzar en dirección norte, mientras que los hispanos o morían, o se rendían, o huían también hacia el norte.
Muchos nobles godos, incluidos algunos miembros del clero, se refugiaron en Asturias. Entre ellos estaba Pelayo, que probablemente estuvo en la derrota de Guadalete, y que viajó hacia el norte en compañía de su hermana Ermesinda (o Ermisenda). Los cronistas afirman que en cuanto se reunieron los nobles toledanos eligieron a Pelayo como su jefe, pero tal premura es dudosa. Detrás de las crónicas está la intención de vincular al nuevo líder con la extinta monarquía toledana, de manera que la llegada de los invasores y la muerte de don Rodrigo no rompiesen la “cadena” gótica. Por eso pretenden que su elección se hizo rápidamente como si de un nuevo rey dinástico se tratara. Por otro lado, otros cronistas con el mismo ánimo hacen ver que Pelayo pertenecía a la familia real goda, haciéndolo aparecer como nieto del rey Chindasvinto aunque esto es bastante discutible.
La cuestión es que estando aposentada ya en Asturias una buena cantidad de godos fugitivos, en 714 irrumpieron en la zona los invasores musulmanes mandados por el gobernador bereber Munuza, nombrado por el famoso Muza, el moro Muza, que instaló su gobierno en Gijón.
Los sarracenos se relacionaban con los invadidos por medio de dos instrumentos jurídicos. Existían los pactos shul, que no eran sino un acuerdo de rendición firmado con aquellas ciudades o territorios que habían sido tomados por la fuerza (En Mérida, que resistió a los árabes 14 meses, se firmó un pacto shul). Pero en otros lugares, conscientes los cristianos de la inutilidad de una resistencia suicida, se pactaba con los mahometanos un acuerdo de paz, de un tipo llamado ahd, que consistía en el pago de una contribución por los cristianos, a cambio de la “protección” árabe y la conservación de una cierta autonomía política. El paradigma de este tipo de pacto fue el firmado entre el duque Teodomiro (Tudmir) de Orihuela y un hijo de Muza y, sin duda, de este tipo fueron los que Munuza firmó con los principales cabecillas de Asturias, ya fuesen éstos godos refugiados o astures. Además, como garantía del cumplimiento de los pactos, los cristianos entregaron a Munuza algunos personajes en rehenes, entre los que estaba Pelayo que, con este motivo, parece que viajó a Córdoba, aunque hay cronistas que creen que fue a la capital del emirato en cumplimiento de algún encargo del propio Munuza.
Pero el tío consiguió escapar de Córdoba (717 o 718) y regresar a Asturias donde, y esto parece más verosímil, tras recorrer la zona captando voluntades para una revuelta, fue elegido jefe de aquella horda aún sin organizar y que no tenía otro fin que desuncirse del yugo musulmán y del consiguiente indeseado pago de impuestos. Desde luego que por entonces ni se les ocurría a los rebeldes pensar en reconquistar todo el reino godo.
Otra teoría sobre las razones de Pelayo para alzarse contra el invasor moruno es el supuesto idilio entre Ermesinda, la hermana de Pelayo, y el gobernador Munuza. Parece que enterado a su regreso de Córdoba de tal quillotro, el godo vio ahí una ofensa a su honor y esa fue la chispa que prendió la yesca. Puede ser, pero a mí me parece dudoso por lo novelesco.
Pelayo casó con una mujer noble llamada Gaudiosa (Alegre), natural de la Montaña y a quien había conocido en un mercado de caballos en Liébana, que le dio dos churumbeles: Favila, que le sucedería en el trono, y Adosinda, que sería también, más adelante, reina de Asturias consorte.
Así que, en resumen, tenemos a un personaje que algunos consideran que no existió, que, de haber existido, no se sabe ni cuándo ni dónde nació, que fue desterrado de la corte y no se sabe ni por qué ni a dónde fue ni en qué año, que fue spatario real aunque unos dicen que de Witiza y de don Rodrigo y otros dicen que sólo de este último, que se ignora si participó en la batalla de Guadalete, que pasó a Córdoba aunque se desconoce en calidad de qué, que no se sabe cómo escapó de allí y que se rebeló contra el invasor musulmán pero se desconocen exactamente los motivos.
¡Ea!



