jueves, 9 de abril de 2020

¿ DÓNDE ESTABA JESÚS EL LUNES SANTO?


II.- LUNES SANTO
El lunes, segundo día de su estancia en el área de Jerusalén, Jesús se levantó, hizo sus abluciones, digo yo que rezaría y desde Betania, en la falda del Monte de los Olivos, partió con los doce para ir al templo a enseñar.
Como hasta hoy no ha posible fijar exactamente la cronología de lo ocurrido en los días que van desde el Domingo de Ramos hasta el prendimiento en el Huerto de los Olivos, intentaré conciliar la información de mis fuentes para acercarme lo más posible a lo que creo que pasó.
Una característica de estos días es que, en opinión de casi todos los comentaristas, se nota una profunda tristeza, un aplanamiento, acaso duda o debilidad en un Cristo/hombre que hasta entonces siempre se había mostrado equilibrado y sereno. Es probable que dudase y que se preguntase por qué estaba haciendo esto en vez de haber creado un hogar con una tranquila esposa y traviesos churumbeles. Tal vez sufriese momentos de flaqueza y, de hecho, lo veremos casi casi arrojar la toalla en el Huerto de los Olivos teniendo que pedir la ayuda del Padre, para superar su stress.
Pues eso. Que camino de Jerusalén vieron una higuera y, como el Señor tenía gazuza, se acercó al árbol para descubrir con decepción que, a pesar del verdor de sus hojas, no tenía frutos. Jesús maldijo a la higuera condenándola a la esterilidad, pero los exégetas bíblicos explican que no se trataba de un enfado o de una pueril venganza contra un ser inerte e incapaz de tomar sus propias decisiones, sino que estaba creando la imagen de lo que era el Templo: mucho follaje por fuera y absolutamente huero por dentro. La maldición no iba dirigida al árbol, sino que, entre líneas, se podía leer que iba dirigida contra el sistema religioso judaico.
Al llegar Jesús al Templo[1] se encontró con un desagradable espectáculo: decenas de mercaderes hacían sus negocios en puestos instalados en el interior del templo. En el Éxodo, que ya prescribe la presencia de los varones judíos en el Templo tres veces al año, Yahvé es taxativo: “Nadie se presentará ante mí con las manos vacías”, lo que obligaba a comprar sus ofrendas a quien, por cualquier razón, no podía llevarlas desde casa. Y también en el Éxodo, el Primer Mandamiento de las Tablas de Moisés, ese que hoy citamos abreviadamente como “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, prohibía la reproducción de figuras humanas. Por lo tanto, los judíos que venían desde otros países, los de la Diáspora, tenían que canjear las monedas que traían de sus naciones con la efigie de quien les gobernaba por las monedas judías que se decoraban con motivos ornamentales. Así que era lógica la existencia de estos puestos de cambistas y, casi con seguridad, legal, porque no se puede dudar de que los propietarios de los comercios pagaban un canon al Templo por poder instalarse allí.
Jesús, en episodio de todos conocido, y repetido hasta la saciedad por los pintores de temas sagrados, formó un látigo con unas cuerdas y, a patadas y a golpes, expulsó a los mercaderes del recinto sagrado derribando sus puestos con las jaulas de palomas, monedas, panes…
En realidad todo la crítica parece estar de acuerdo en que aun siendo legal lo que hacían los comerciantes, la actitud de Jesús también fue legal, como lo demuestra el hecho de que no intervinieran para restablecer el orden ni la policía interna que tenían los levitas[2] en el Templo ni la fuerza militar romana de la vecina Torre Antonina.
En mi opinión, aquí hay algo descuadrado. Si hubiese habido pocos puestos, sin duda Jesús no se habría indignado, pero si hubiese habido muchos, no parece verosímil que sus propietarios se dejasen apabullar por una sola persona. Además, la lógica nos dice que los puestos se localizarían en los patios, es decir, en el exterior del Templo propiamente dicho,  probablemente bajo las los peristilos o soportales que rodeaban a los atrios. Y eso crea una nueva dificultad, porque había un atrio para los judíos, donde deberían estar por lógica los tenderetes de animales, otro atrio para las mujeres y un tercero para los gentiles, para los extranjeros, lo que nos permite suponer que allí se concentrarían las mesas de los cambistas. ¿Fue Jesús recorriendo los tres atrios?
Yo creo que lo sucedido no pasó de una simple discusión a resulta de la cual un par de puestos rodaron por el suelo, sin más damnificados, aparte de las palomas y conejos, que un par de frágiles tenderetes de madera y tiritaña. Ambas circunstancias, brevedad y levedad, explicarían la ausencia de actuación de las fuerzas de seguridad en el lance.
Pero algo de todo esto que aún nos afecta. El arrebato de violencia de Jesús dio pie a que algunos analistas lo incluyesen entre los zelotes[3], grupo  político-religioso que preconizaba la lucha armada contra el invasor romano. Esa idea se retoma en muchos siglos después, en la Ilustración, y por fin, los movimientos revolucionarios armados, a veces terroristas, que eclosionan en la década de los 60 del pasado siglo, identifican a Jesús como uno de los suyos: radical y violento ante la injusticia si es necesario.
Asimov imagina otro panorama. Cree posible que Jesús, en sus andanzas por el norte del país, hubiese oído a ingenuos campesinos quejarse de cómo aquellos vendedores de retorcido colmillo los engañaban al llegar al Templo, con lo que se enrabietaría al verlos Y, por otra parte, imagina que los mercaderes habrían obtenido sus permisos para instalarse en el ámbito general del edificio, pero que, en connivencia seguramente venal con los sacerdotes, habían invadido partes vedadas del Templo. Pudiera ser.
imagen sacada de wikipedia, museo de indianapolis, cuadro del Greco: https://es.wikipedia.org/wiki/La_expulsión_de_los_mercaderes_(El_Greco,_Minneapolis)

Es curioso que los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, los llamados Evangelios Sinópticos[4], pongan este incidente un par de días antes del apresamiento de Jesús, mientras que el Evangelio de Juan, lo ubica al principio de su vida pública. Con el fin de allanar esta dificultad cronológica, algunos autores consideran que hubo dos expulsiones de mercaderes. También es llamativo que Jesús hubiese estado otras tres veces en el Templo, una el día anterior y no se hubiese percatado del problema.
Sea como fuere, lo cierto es que Jesús logró terminar aquel asunto de forma victoriosa para su posición, tan es así que, acabado el incidente, según San Marcos se quedó “enseñando” y nadie lo expulsó de allí por alborotador, y así iba dando valor público a su poder.
Y dolía especialmente a los escribas[5] y saduceos[6] que por allí andaban, ver cómo elegía, para su comentario, un texto del Libro de Isaías que decía: “Mi casa será llamada casa de oración”, contraponiéndolo a otro de Jeremías que se podía leer que la habían convertido en “cueva de ladrones”. Jesús había alcanzado con este enfrentamiento tal poder, tal imperium, que incluso detenía, como si tuviese allí algún mando, a los cargadores o servidores de los mercachifles que andaban por medio del Templo acarreando bultos.
Lo peor para los sacerdotes, que ya tenían decidida su muerte desde poco después de que resucitase a Lázaro, es que tras la trifulca con los vendedores, se llegaron a Jesús los cojos y los ciegos del templo y, dice Mateo sin la menor emoción, como si fuese lo suyo: «los curó»; solo le falta al evangelista añadir ¡Ea!.
Terminada la faena Jesús abandonó el Templo.
Claro; si los sacerdotes ya tenían decidida la muerte de Jesús y encima, desde que llegó a Jerusalén, el primer día provocó una manifestación de fervor popular a su favor, y el segundo, además de cargarse el negocio que tenían montado con los mercaderes, los insultó llamándoles ladrones y, luego pasó la tarde sanando a ciegos y a cojos, ahora lo que les entró fue la prisa por ejecutarle. Pero tenían que tener cuidado porque, para evitar disturbios, su detención debería hacerse por la noche, y era evidente que siempre iba rodeado de bastante gente.
Al salir del templo, Jesús, y usaré una pintoresca expresión del jesuita del siglo XVI, Luis de la Palma, «no habiendo nadie que le invitase a cenar ni a dormir, se volvió con sus discípulos a Betania aquella noche.»
Aún una cosa más. Cuando regresaban, Pedro le indicó que la higuera a la que lanzó la maldición aquella mañana  se había secado en solo unas horas. Jesús, que no daba puntada sin hilo, puso ese hecho como ejemplo de lo que puede la fe: Él se lo había pedido al Padre con fe y por tanto lo había obtenido. Cualquier solicitud hecha al Padre con fe, sería capaz de mover una montaña.
Era ya tarde cuando se fueron a dormir.

© Canel
6 de abril
AÑO 1º de CONFINAMIENTO





[1] El Templo que aparece en el Nuevo Testamento no es el de Salomón, que se edificó en el s. X a.C. y permaneción 4 siglos en pie hasta que loderribó Nabucodonosor II. En 535 fue rehecho exactamente ene l mismo punto en que estaba el anterior, pero mucho más modesto.
[2] Los levitas eran los sacerdotes. Se llamaban así porque pertenecían a la tribu de Leví. Cuando las 12 tribus llegaron a la Tierra Prometida y se la repartieron, Yahvé ordenó que la tribu de Leví se encargase con exclusividad del sacerdocio, con lo que no se le dio tierra para cultivar.
[3] Los zelotes eran un grupo político religioso proclive a la expulsión de los romanos por medio de la violencia. En realidad, se fuese miembro activo de la secta o no, el movimiento zelote, en los tiempos de Jesús, flotaba en el ambiente de Palestina. Simón el Cananeo, uno de los apóstoles, era zelote.
[4] Los Evangelios Sinópticos  se llaman así porque son los tres tan similares que pueden organizarse en paralelo, en forma de cuadro, para ir confrontando unos textos con otros. No es, por tanto, una calificación teológica, sino que se refiere a la metodología que se puede emplear para su estudio.
[5] Los escribas, entre otras funciones, eran notarios e intérpretes de la Ley. Ejerciendo esta última función no podían cobrar (solían tener otros trabajos), pero era evidente que lo hacían. En su mayoría pertenecían a la observancia farisea.
[6] Era una secta del judaísmo que tenía ya 1.000 años de antigüedad. Sus miembros eran de alto nivel social y exigían la máxima severidad en las prácticas religiosas. En tiempos de Jesús formaban la cúpula del gobierno de la Iglesia Judía, siendo los Sumos sacerdotes de observancia saducea.

¿ DÓNDE ESTABA JESÚS EL DOMINGO DE RAMOS?


I.- DOMINGO DE RAMOS
El sábado anterior a su pasión y muerte, 8 del mes de nisán (28 de marzo), Jesús llegó a Betania y se instaló en casa de sus amigos Lázaro (Simón el leproso como le llama Renan), Marta y María. Había llegado andando, claro, junto a sus doce apóstoles, desde el monte Hermón, como a unos 120 km al norte de la capital del reino judío,
Allí en Betania fijó Jesús su “cuartel general”, de forma que los siguientes 4 días, hasta que los romanos le echaron mano en el Huerto de los Olivos, al terminar sus actividades en Jerusalén se volvía a dormir a casa de sus amigos, que no distaba más allá de 4 km.
En la casa de Lázaro tuvo lugar un episodio, en principio banal, pero que más adelante veremos que tal vez tuvo consecuencias decisivas. El anfitrión había organizado una comida bastante concurrida y, durante ella, María ungió los pies del  Señor con unas bastante caras cremas aromáticas, mostrando así su total sumisión al Maestro. Luego, arrodillada, le secó con sus propios cabellos. Pero el elevado precio de los ungüentos  que María usó motivó el que algunos de los presentes mopstrasen su desagrado por tan desmesurado gasto en algo a todas luces superfluo. Y, naturalmente, a la cabeza de los descontentos estaba el cajero del grupo, el encargado de llevar la baca, recaudar las donaciones, pagar los gastos y dar las limosnas: Judá el nacido en Kerioth (Judas Iscariote), que era el quien mejor conocía el estado de las finanzas y que estimaba que el importe gastado por María en cremas para el rabí, hubiese sido más útil si lo donado a la tesorería comunitaria.
Pero Jesús, en cuyos planes estaba el hacer valer en los días previos a su muerte su imperium, recriminó a los disidentes su ruin actitud, aunque tal vez lo hiciese de forma algo cortante cortante.
El domingo 9 de nisán Jesús se dirigió a Jerusalén. Parece que no tenía un plan especial. Simplemente, en línea con su proyectos para estos últimos días, quería ser digamos que “entronizado”, como cualquier rey que llega a tomar posesión de su cetro, en la capital política y religiosa del reino para dejar constancia de su real autoridad. Encargó a sus hombres que le consiguieran un borrico y ellos, siguiendo sus precisas instrucciones, le trajeron uno que jamás había sido montado como les había ordendo. Curiosamente los apóstoles lo cogieron sin permiso de nadie y cuando fueron sorprendidos en flagrante delito de abigeato, alegaron que era para Jesús y que lo devolverían más tarde, pero luego los Evangelios no vuelven a decir nada respecto a la prometida devolución.
imagen extraida de http://unidosxisrael.org/noticias/el-monte-de-los-olivos-conoce-su-historia/

Desde Betania subió hasta el Monte de los Olivos y allí se detuvo, como ahora se detienen tantos miles de  turistas, para contemplar la ciudad desde lo alto. La leyenda dice que Jesús lloró[1].a la vista del escenario de su cercana muerte.
El sábado siguiente, 14 de nisán iba a ser la pascua judía (pesaj), que conmemoraba (y aún conmemora) el fin de la esclavitud de los hebreos en Egipto; la noche en que el Ángel Exterminador se paseó por todos los hogares egipcios llevándose por delante la vida de los primogénitos de cada uno de ellos, episodio que recoge inolvidablemente la película “Los 10 mandamientos” (1956). El libro del Éxodo, ya prescribía que al menos en tres ocasiones al año todos los varones judíos debían acudir a Jerusalén, aunque el precepto no se activó, aunque muy relajadamente, hasta que Salomón no terminó su fastuoso templo hacía nada menos que 1.000 años; eran “de precepto” la fiestas de Pascua, la de Pentecostés (50 días más tarde) y la de los Tabernáculos (sucot), que se celebraba entre finales de septiembre y principios de octubre (del 15 al 22 del mes de thishrei).
Pronto se supo en Jerusalén la noticia de que Jesús, con su séquito de apóstoles y discípulos más cercanos, se encaminaba a la capital. La ciudad era una urbe no muy grande, de unos 40.000 habitantes, pero probablemente en aquellas fechas casi había doblado su población pues miles de peregrinos habían llegado, muchos de ellos haciéndose acompañar por sus familias e, incluso, trayendo sus animales de carga portando en sus alforjas algún producto con el que negociar o las ofrendas que pensaban entregar a los sacerdotes[2] para que fuesen sacrificadas a Yahvé.
En realidad los jerosolimitanos no tenían demasiadas referencias sobre Jesús. Últimamente, con motivo de la resurrección de Lázaro, su imagen se había dado a conocer algo más, pero entre los peregrinos sí había muchos que sabían quién era y que, con más o menos intensidad, eran seguidores suyos. Sus fans, mayoritariamente galileos, le saludaban durante su camino hacia el Templo agitando ramas de árboles, usualmente palmeras, y echándolas a su paso para alfombrar su camino como muestra de su respeto a la realeza que se suponía correspondía al Mesías.
El grito más frecuente que se oía era el de “¡Hosanna!”, palabra hebrea, aunque de raíz aramea, que quiere decir “¡Sálvanos!”. A día de hoy parece una palabra absolutamente encarnada en el rito religioso judío o cristiano, y así lo había sido en el judaísmo durante siglos,  pero en aquellas fechas no ocurría así; de hecho, Ratzinger reconoce que quienes gritaban esto al paso de Jesús no eran tanto sus seguidores espirituales, como aquellos que esperaban la llegada de un Mesías que les librase, que les salvase, del yugo romano reinstaurando el reino de Israel.
Pero los seguidores de Jesús debían alborotar tanto que, en cierto momento, algunos fariseos que andaban por allí, sin duda alguna en misiones de “inteligencia”, le pidieron que se dirigiese a su gente pidiendo un poquito de calma. Pero Jesús, enigmáticamente les contestó:
-Si yo les hiciese callar, gritarían las piedras.
Los habitantes de Jerusalén, como digo, no sabían quién era Jesús, así que preguntaban a los que le conocían:
-¿Quién es este?
-Es Jesús de Nazaret, el Mesías.
A lo que el hierosolimitano, moviendo la cabeza respondía.
-¿Y un simple galileo pretende ser nuestro salvador?
Porque los judíos despreciaban a los galileos y ambos pueblos se odiaban. Aunque debe recordarse que, en puridad, Jesús no era galileo, sino judío, pues nació en Belén de Judea patria chica nada menos que del rey David, aunque, según todos los indicios, san José si era nazareno, y lo que después hemos llamado la Sagrada Familia se instaló de nuevo en Nazaret al regreso de su Huida a Egipto.
En fín. A aquel al que esperaban que fuese con la pompa y el aparato de un rey no se le vio sobre un brioso caballo, sino sobre un simple asno. Estaba claro que lo que exhibía Jesús era que su autoridad no dimanaba de los signos externos.
¿Y a qué fue Jesús el domingo a Jerusalén? Pues parece claro que a reconocer el terreno en el que se desarrollaría el drama de su juicio, tortura, ejecución y el milagro de su resurrección durante los siguientes días. No hay noticias claras de una actividad destacada. Marcos señala que llegó al llegar al Templo, entró en él, observó los alrededores y se volvió con los doce a Betania, mientras que Juan incluye en esta jornada el incidente de la expulsión de los mercaderes del templo que los otros tres Evangelios, los llamados sinópticos, ubican cronológicamente en los siguientes días.
© Canel
5 de abril
AÑO 1º de CONFINAMIENTO





[1] Quien esto escribe, en su único viaje a Tierra santa, quedó muy decepcionado, aunque debe admitir que el panorama de Jerusalen al atardecer desde el Monte de los Olivos, lo emocionó.
[2] Llamados levitas porque pertenecían a la tribu de Leví, que tenía kla exclusividad del sacerdocio.

SERIE: QUÉ HIZO JESUS CADA DIA DE LA SEMANA SANTA

Ayer se me ocurrió enviar a todos una interpretación personal de lo que sé (y consulto) de la peripecia de Jesús en cada uno de los días de la Semana Santa. Publicaré, por tanto, 8 capítulos; de Domingo de Ramos a Domingo de Resurrección y, cada día, refiriéndome a lo que Jesús hizo en cada una de esas jornadas.
El asunto consiste en contar hechos reales pero, sin mengua de la calidad  ni de la veracidad (si es que en la Historia hubo alguna vez algo de veracidad), reduciendo un poquito la distancia entre los textos cultos y los usos de la calle; o sea, contarlas cosas como se hablarían dos AMIGUETES dando un paseo.
Espero que te guste.
Una brazo.
Canel. en Madrid a Sabado 4 de abril de 2020

jueves, 27 de diciembre de 2018

ATRACCIÓN CELESTIAL ( CUENTO DE NAVIDAD)


Antes de la cena, por llamarle algo, de aquella nochebuena, Yvonne se calzó una sudadera y, aunque nevaba, salió a dar un paseo por la alameda de la ciudad.
En realidad Yvonne no se llamaba así, sino Catalina, como su abuela, pero un productor que le propuso lanzarla al estrellato cinematográfico, lanzamiento que a la postre no cuajó en nada más allá de media docena de películas de segundo o tercer nivel y un puñado de sesiones íntimas en el apartamento del manús, le aconsejó que cambiase su auténtico nombre por otro que a un tiempo fuese sugerente, aterciopelado, sensual y comercial.
-¿Cómo cuál?- preguntó ingenua.
- Como Yvonne. –contestó tras un momento de duda- Sí. Yvonne te iría bien. Y de apellido Yébenes. Desde ahora serás Yvonne Yébenes; se acabó lo de Catalina Poyatos.
Tal vez ahí empezó Catalina, ya Yvonne, un vertiginoso ascenso social que, tras alcanzar su punto de inflexión, se trocó en un al menos igual de vertiginoso descenso que devino en cruel batacazo. De aquellos años en que se ejercitó en una selecta panoplia de vicios y excesos, solo le quedó la triste añoranza de sus amantes, algunos regalos de escaso valor, unas ropas hoy ya raídas, un cuerpo precozmente avejentado y un rostro en el que aún se adivinaba su pretérita belleza entreverada con una red de arrugas impropias de una mujer de su edad.
Y, eso sí, también le quedó una ridícula pensión del montepío de actores y un pisito que le regaló un amante hindú generosamente dotado para las finanzas y no solo para las finanzas.
Andaba con paso elástico, tal y como aprendió en la breve etapa en que fue modelo de alta costura, pero atenta a no resbalar en un suelo que, con la nieve, se estaba pareciendo una cada vez más a una peligrosa patinoire.
Al pasar ante el portal de una casa deshabitada una voz quejumbrosa le llamó desde el fondo del mismo:
-¡Señorita! ¡Señorita! ¡Por favor!–le acuciaba la voz.
Yvonne ni se volvió. No podía atender, aunque quisiese, a mendigo alguno. Pero la voz que salía de dentro del lóbrego portal insistió tenaz:
-Señorita, solo le pido unas monedas para no pasar esta nochebuena sin cenar.
Siguió andando, pero había dado aún 50 pasos cuando decidió volver al portal. Siempre había sido una mujer generosa, acaso demasiado. ¿Por qué no iba a serlo ahora?
-Mire, señora –no veía el rostro de su interlocutora y le hablaba a la oscuridad-  yo no puedo ayudarla porque nada tengo, pero si viene conmigo a mi casa repartiremos lo poco que haya para cenar.


Del fondo del negro portal surgió la figura de una anciana que, a pesar del frío invernal, solo cubría su modesto atuendo negro con una toquilla de punto, llevando como todo calzado unos pantuflos de fieltro, ya calados por la nieve que empezaba a cuajar sobre la acera. Yvonne le echó el brazo por los hombros para darle su calor y ambas tomaron el camino de su casa.
 -Dónde vive usted.
-No sé qué contestar señorita. En ningún sitio y en todos. Suelo dormir en el oscuro portal en que me encontró hace un rato, pero no siempre.
-Ya. Yo me llamo Yvonne, bueno, o Catalina; es igual. ¿Y usted?
-Yo Herlinda. Herlinda para servir a Dios y a usted.
Una vez en casa, Yvonne proporcionó a su invitada una bata y calzado seco. Encendió la catalítica Super Ser y, sentadas a la mesa, se repartieron por toda cena de nochebuena un brick de caldo de pollo, un sobre de jamón de york y, como postre, una macedonia que Yvonne elaboró con las tres últimas piezas de fruta que le quedaban hasta fin de mes.
La cena transcurrió entre prolongados silencios, porque, en realidad no tenían mucho que decirse, pero lo cierto es que al final ambas estaban contentas, la una por dejar satisfecho su estómago y la otra por dejar satisfecha su alma.
Cuando terminaron de cenar Herlinda dijo que se volvía a su sombrío portal, y aunque Yvonne le rogó que se quedase a dormir en su casa, ella se negó firmemente. Pero decidieron intercambiarse unos regalos que les recordasen siempre la nochebuena en que se conocieron.
Herlinda obsequió a su anfitriona con una horquilla de su pelo y Catalina le dejó elegir entre los muchos bibelots que había por la casa, recuerdos de un pasado bastante más refulgente que la grisura que ahora envolvía su vida.
-¿Me puedo llevar esto? –dijo Herlinda señalando a una especie de piedra plana de color rojizo con irisaciones verdosas.
-Claro. Es un imán. Me lo trajo de Java un antiguo amante. Yo nunca lo he usado. Me dijo que era poderosísimo, y que si se golpeaba suave y repetidamente su superficie, podía alcanzar un poder de atracción casi milagroso. Cuantos más se golpecitos más potencia alcanzaría.
Herlinda lo guardó entre sus ropas. Luego, con un par de  besos y mil felicitaciones de pascua, se despidieron citándose para la nochebuena del año siguiente en el mismo portal en que se habían conocido.
- Cenaremos juntas de nuevo. Hasta dentro de un año.
-Si. Si Dios quiere. –apostilló Herlinda.
Pero Dios no quiso. En la nochebuena siguiente, cuando Catalina se dirigía al portal en que había quedado con Herlinda, un muchacho en un patinete eléctrico topó con ella y la arrolló dejándola tirada en el suelo.
Al abrir los ojos se encontró sentada en un banco, en una estancia enorme inundada de claridad. Al fondo había una puerta ojival sobre la que se podía leer: CIELO. Un tío con barbas y una llave en la mano parecía vigilarla. Catalina preguntó a un ángel blanquísimo que tenía a su derecha:
-¿Y esto?
-Pues ya ves, hija.
-No me diga más. He muerto ¿Verdad? Y el de la llave es San Pedro ¿No?
El ángel, mientras aleteaba suavemente para mantenerse en posición vertical, asintió conspicuo con la cabeza.
Pronto descubrió al tribunal que iba a juzgar su alma. Lo componían un santo y una santa, según dedujo por sus resplandecientes nimbos, y lo presidía Santo Tomás. Ante ellos una mesa sobre la que había una balanza con dos platillos; en uno se podía leer DEBE y en el otro HABER.
Santo Tomás pidió a un demonio más oscuro que las camisas de Joan Tardá, que presentase pruebas para condenar al alma de Catalina. El ángel réprobo puso sobre la bandeja del DEBE una torre de papeles, que hizo que la balanza se venciese hacia ese lado hasta tocar la superficie de la mesa.
A continuación pidió Santo Tomás al ángel blanquísimo que presentase sus alegaciones en favor de Catalina. Y el pobre ángel, un poco abochornado, solo pudo colocar en el platillo del HABER una hoja de papel en la que se exponía el episodio de la nochebuena en que repartió su escasa cena con una pordiosera llamada Herlinda.
Los miembros del tribunal, observaban impasibles cómo aquella solitaria hoja de papel no conseguía hacer que la balanza se moviese. Solo la santa parecía inquieta haciendo tamborilear sus dedos sobre la mesa, en claro síntoma de mostrarse nerviosa.
ILUSTRACIÓN EXTRAÍDA DE https://es.123rf.com/photo_24130716_balanza-de-concepto-bueno-y-lo-malo-ilustraci%C3%B3n-vectorial.html
Iban ya a dictar su condena cuando… Pero ¿Qué era aquello? El platillo del HABER, solo cargado con un triste folio, comenzó a bajar poco a poco venciendo el peso de los 1.374 expedientes que referían las violaciones de la Ley divina perpetradas por Catalina, y la práctica exacta, fiel y reiterada de absolutamente todo el catálogo de pecados capitales conocidos.
Al final quedó el platillo de la buena acción, porque ya digo que solo fue una, abajo del todo mientras que el de los pecados se mantenía en alto. Así que Santo Tomás falló a favor del alma de Catalina y pidió a San Pedro que franquease el paso a la nueva bienaventurada.
-¡Protesto! –berreó indignado el ángel fosco.
-¡Silencio, Demoniel! El HABER ha pesado más que el del DEBE. Tú lo has visto. No hay discusión.
Al ponerse de pie Catalina vio con sorpresa que en la mesa del tribunal, junto a la balanza había, justo en el punto en que la santa había hecho tamborilear sus dedos, una piedra plana, rojiza con irisaciones verdosas, que ella conocía. Aún pudo oír cómo Santo Tomás le decía a la santa.
-Vamos Santa Herlinda, no te demores que tenemos mucho que hacer
Santa Herlinda alzó la vista y, mientras Catalina atravesaba la puerta del Cielo, le guiñó un ojo. Luego, sin que Santo Tomás la viese, cogió la piedra rojiza subrepticiamente y se la guardó entre sus ropas.

FIN

Por medio de este cuento quiero decirte que, como formas parte de mi gente, me acuerdo con todo mi cariño de ti en estas fechas, pido al Niño Jesús que te conceda lo que mejor le venga a la salud de tu alma y de tu cuerpo y espero (y deseo) que seas insultantemente feliz durante el año 2019

Canel (Navidad 2018)

sábado, 25 de febrero de 2017

EL IMPEACHMENT DE ALCALÁ ZAMORA


Tras la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931, se eligió un Parlamento para redactar una constitución. Quedó el texto terminado en diciembre de ese año y para el día 10 de mes, D. Niceto Alcalá Zamora, habiendo sido elegido por la Cámara, jura su cargo como Presidente de la República.
Como el mandato presidencial duraba 6 años (no renovables hasta pasados otros 6 sin ocupar el puesto), D. Niceto debería haberse mantenido en el cargo hasta diciembre de 1937. Entonces ¿Qué pasó para que desde el principio de la Guerra Civil (julio de 1936) el Presidente de la República fuese D. Manuel Azaña?
Pues simplemente que a “el Botas”, que era el apodo por el que se le conocía popularmente, le quitaron, políticamente, de en medio.
La elección de Don Niceto como presidente suponía que la redacción de la Constitución estaba terminada y que, por tanto, los diputados que la habían confeccionado debían irse en buena hora a sus casas dejando los escaños que hasta entonces habían ocupado. Habían sido elegidos para elaborar una Constitución y eso ya se había hecho; ahora debían obligatoriamente convocar nuevas elecciones de donde saliesen los diputados que habrían de dedicarse a realizar la función legislativa cotidiana.
Pero por diversas razones, mientras se aprobaban leyes complementarias a la Constitución, esas Cortes Constituyentes no se disolvieron, con gran indignación de algunos partidos que, por esa razón, las calificaban de fascistas. De todas formas, en noviembre de 1933, el jefe del Gobierno presenta al fin a Don Niceto el decreto de disolución de las Cortes y él lo firma.
Un par de años después, el 14 de diciembre de 1935, se forma un gobierno bastante débil presidido por Portela Valladares que, nada más jurar el cargo, suspende las sesiones de las Cortes por 15 días; lo que era legal. Pero un ejecutivo así no podía aguantar mucho tiempo en pie y el 30 de diciembre tiene que dimitir dando paso a otro gabinete.
El nuevo gobierno, que jura ese mismo día 30 (también lo presidía Portela Valladares), toma igual decisión que el anterior prorrogando la suspensión de sesiones parlamentarias otros 10 días más. Ahora ya es dudoso que la medida sea legal, así que ante las presiones de la oposición y vista la ingobernabilidad de la nación en aquellas circunstancias, D. Niceto Alcalá Zamora firma el 7 de enero el decreto de disolución de las Cortes que le presenta Portela.
Pero resulta que la Constitución preveía que, caso de que el Presidente de la Republica disolviese la Cámara más de una vez durante los 6 años de legislatura, a partir de la segunda disolución, las Cortes que saliesen de los subsiguientes comicios quedaban facultadas para juzgar la oportunidad y pertinencia de la medida firmada por el Jefe del Estado..
Don Niceto Alcalá-Zamora y Torres. Apodado “el Botas”

La pregunta clave era: ¿Cuántas veces disolvió el Congreso de los Diputados D. Niceto?  Ésta última era una primera o una segunda disolución.
No es fácil saberlo. Es evidente que si cuando se aprobó la Constitución el día 2 de diciembre de 1931, los diputados constituyentes hubiesen tomado sus gabanes y se hubiesen ido a sus respectivos hogares (que era lo suyo), no hubiese hecho falta disolver el Parlamento. Desde luego Alcalá Zamora no hubiera podido hacerlo, porque hemos visto que hasta el día 10 no juró su cargo. Por lo tanto, considerar la primera disolución de las Cortes como un acto político en que intervino voluntariamente el Presidente de la República, era discutible.
Bueno, tan discutible como que sus enemigos (que eran muchos) opinaban que Alcalá Zamora ya había disuelto las Cortes dos veces, mientras que sus amigos (que eran pocos) estimaban que la primera vez no se debía contabilizar por ser “lo suyo”.
Ganaron, claro, sus enemigos y, tras las elecciones de febrero de 1936, sometieron a análisis el acierto de la segunda de las disoluciones. Se consideró que Alcalá Zamora había tardado demasiado en disolver (una excusa tan pobre como cualquier otra), así que se decidió su expulsión de la más alta magistratura de la República. Le sustituyó D. Manuel Azaña.
D. Niceto Alcalá Zamora tuvo noticias del inicio de la Guerra Civil durante un crucero por Noruega. Decidió no volver a España y residió primero en París y más tarde en Buenos Aires, donde murió en 1949.


jueves, 23 de febrero de 2017

YA BOFETADAS EN EL PSOE EN 1936


El día 10 de mayo de 1936 (debo recordar que las elecciones en las que ganó el Frente Popular se habían celebrado en la segunda y tercera semana del anterior mes de febrero), se habían reunido diputados y compromisarios para elegir al nuevo presidente de la II República. Me explicaré.
Una vez cesado Alcalá Zamora, para la elección de Presidente de la República el sistema constitucional exigía que, además de los 473 diputados elegidos en las legislativas, participasen con su voto otros tantos compromisarios que serían elegidos en comicios de carácter nacional y por sufragio universal y directo.
Las elecciones de donde habrían de salir los 473 compromisarios habían tenido lugar el 26 de abril. La participación mostraba un poco estimulante 40 %, entre otras razones porque la mayoría de los partidos (no todos) de la derecha recomendaron a sus afiliados y simpatizantes la abstención.
El 10 de mayo se producen las elecciones directas a presidente en el sensacional escenario del Palacio de Cristal del parque del Retiro (¡Qué aberración! El Retiro, en mayo, está para que se besen las parejas de novios, no para hacer política), porque era el único local cerrado en Madrid donde cabrían 946 votantes, aunque luego no acudieron más que 911.
El diputado Julián Zugazagoitia era el director del diario “El Socialista”; prensa partidaria, claro, pero que se encontraba en la posición más moderada del PSOE, tal vez en lo que hoy llamamos socialdemocracia.  Por su parte, Luis Araquistain, también diputado, era el director del periódico también socialista “Claridad”, ideológicamente situado en la izquierda de ese mismo partido.

El “Palacio de Cristal” del Retiro de Madrid, bellísimo escenario de lo que nunca debió ocurrir. Hoy es una sala de exposiciones de arte moderno. IMAGEN DEL DIARIO.ES

Ambos periódicos llevaban una buena temporada lanzándose invectivas, entre otras razones porque “El Socialista”, que al ser el órgano oficial del PSOE (en su cabecera se podía leer textualmente: “ÓRGANO CENTRAL DEL PARTIDO OBRERO”) se nutría de las arcas del partido, se preguntaba permanentemente para zaherir a su rival sobre el origen del dinero que financiaba a “Claridad”.
Tras la votación, mientras se celebraba el escrutinio en el Palacio de Cristal, algunos diputados y compromisarios salieron a dar un paseo por el parque. Luis Araquistain estaba sentado en un banco con un grupo de cuatro compañeros cuando Zugazagoitia se le acercó acompañado de otro diputado del PSOE. Al verle venir,  barruntando la inminente violencia, Araquistain se levantó.
No había dado aún la una del mediodía cuando, estando uno frente al otro, tras un breve cruce de palabras, el director de “El Socialista” recordó a Araquistain cómo en su libro “El militarismo mexicano”, que era ya antiguo, mantenía posiciones contrarias a las que ahora defendía.
Y exactamente a esa hora el director de “Claridad”, molesto con la buena memoria de Zugazagoitia, le atizó un bofetón que, además de dejarle la cara sonrosada, motivó el que el agredido se tirase sobre su rival y se armase allí una buena barahúnda.
Gracias a Dios que los circunstantes separaron a los “correligionarios”, que ya la habían emprendido a golpes y empellones. El propio Jiménez de Asúa, que como presidente de la sesión electoral estaba vigilando el recuento de los votos, lo suspendió para ir a tranquilizar a los contendientes.
Y no hay más. La prensa contó al día siguiente el episodio. Bueno, toda la prensa no; ni “El Socialista” ni “Claridad” mencionaron el incidente.
Lo terrible de todo esto es que lo que subyacía bajo esa ensalada de tortas era la oposición de los partidarios de Largo Caballero y de “Claridad”, los radicales dentro del PSOE, a que Indalecio Prieto, más moderado, presidiese un gobierno mientras Azaña era Jefe del Estado.
Y digo que es terrible porque creo que la única forma en que se podía haber evitado la Guerra Civil (si es que había alguna) era con Prieto gobernando y Azaña como presidente de la República. Pero ganó (como tantas veces) la radicalidad; mala suerte para España.
Tengo para mí (y perdóneseme esta incursión en la política que rogaría se considerase una excepción) que uno de los mayores males de la España del siglo XX radicó en la permanente división del PSOE en, al menos, dos tendencias (nunca, por favor, la empalagosa cursilada esa de las sensibilidades). Y lo creo porque la unidad en las papeletas de un solo partido socialista, lamina la posibilidad de existencia de un partido socialdemócrata sólido que a España, en muchas ocasiones (por ejemplo en esta que acabo de mencionar), le hubiese hecho falta.
Pero nadie se refiere a este asunto; parece ser un tema tabú.


jueves, 8 de diciembre de 2016

EL YATE TURQUESA en la playa del Aguilar de Muros de Nalón



En noviembre de 1933, las primeras elecciones generales legislativas que se celebraron en la II República española (las de 1931 habían sido constituyentes) dieron como vencedores a los partidos de centro y de derechas, quedando en primer lugar la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), cuyo jefe era José María Gil Robles y, en segundo los centristas del Partido Radical liderado por Alejandro Lerroux.
Pero al presidente de la República, Alcalá Zamora, le asustó encargar la formación de gobierno a la CEDA, tanto por la juventud de su líder (tenía 35 años) como por los síntomas de fascismo que exhibía esa formación política. Así que confió tal tarea a Lerroux, autor años antes de la piadosa frase: “Alcemos los hábitos de las monjas y elevémoslas a la categoría de madres”.
La clave de lo que sucedió tras esas elecciones está en que, simplemente, la izquierda no aceptó unos resultados que la daban como severamente derrotada. En el PSOE (para ser justos; una parte del PSOE) casi sin darse un día de tregua desde la proclamación de los resultados, los políticos en sus mítines y la prensa afín proclaman sin ambages que no admitirán un gobierno que no sea de izquierdas y que se preparaban para alcanzar el poder aun llegando, si fuera necesario, a la guerra Civil.
Así que organizaciones de izquierda y sindicatos empiezan a armarse con vistas a una sublevación violenta contra el gobierno radical-conservador republicano. En este escenario “político” se desarrolla el incidente del alijo del yate “Turquesa”.
El “Turquesa” era un yate cargado de armas, destinado a una nonata revolución portuguesa, que estaba desde hacía cierto tiempo decomisado en el puerto de Cádiz. El socialista Indalecio Prieto consiguió fletarlo con destino falso y a nombre de terceros, pues las armas se entregarían no a quienes figuraban como consignatarios en la documentación oficial del flete sino, subrepticiamente, a los izquierdistas asturianos para que estuviesen, llegado el momento, adecuadamente armados.
En la noche del 10 al 11 de septiembre de 1934 el “Turquesa” fondeó frente a la playa del Aguilar (Muros de Nalón). Tres motoras llegadas de otros puertos cargaron cajas de armas y municiones, llevándolas a la playa
Playa del Aguilar en Muros de Nalón, donde se produjo el desembarco
donde les esperaban algunos coches y furgonetas. Pero toda aquella “movida” causó la alarma en la población, que dio parte a los carabineros y a la Guardia Civil. Ante el despliegue de la fuerza pública el barco se dio a la fuga con 200 cajas aún en sus bodegas. Otras sesenta y dos quedaron en la playa, setenta y tres se aprendieron en una furgoneta que se averió y sólo 18 pudieron llegar a los destinos previstos.
Indalecio Prieto, según él mismo contó en una revista editada en Argentina llamada “España Republicana”, vigilaba junto a dos colegas, escondidos en un bosque cercano, al desembarco del alijo cuando, de pronto, apareció una pareja de carabineros que, claro, a aquellas horas y con la alarma recibida, les dieron el alto apuntándoles con sus fusiles.
Con las “manos arriba” Prieto se dio a conocer como diputado. Los carabineros dejaron de apuntarles y como, cuando fue ministro de Hacienda,  “Don Inda” siempre había sido generoso con ese cuerpo, el cabo jefe de la pareja le tendió la mano preguntándole qué hacía por allí a esas horas. Prieto respondió ocurrente: “Estos dos amigos y yo vamos de excursión con tres muchachas, y como yo, por mi significación política, estimé escandaloso llegar los seis en pandilla al hotel de Avilés donde debemos pernoctar, acordamos que el automóvil con las mujeres fuese por delante y que luego de dejarlas en la villa retrocedería, a fin de recogernos a nosotros que, mientras tanto, paseamos para estirar las piernas”.
El cabo, que debía ser muy tonto (o demasiado listo), consideró aceptable la respuesta. No sólo eso, sino que por su parte añadió ingenuo: “Pues nosotros dormíamos tranquilamente en nuestro cuartel cuando un vecino ha venido a avisarnos de que alguien está intentando pasar un alijo. Nos pusimos el uniforme y vamos a ver qué hay de cierto en la referencia.”
No hubo más. Los “excursionistas” quedaron libres y los carabineros siguieron su camino hacia la playa del Aguilar.

Por si es de interés de alguna comadre, diré que Prieto, con 21 años se había casado en 1904, por lo civil, con su novia de 17 años, solo dos días antes de que la chiquilla se pusiese de parto. Fue un matrimonio felicísimo que sólo tuvo la desgracia de ver la muerte de su cuarta y última hija. La esposa de Indalecio murió en 1922 con lo que quedó viudo con 39 años, así que en las fechas de estos sucesos llevaba 12 en esa situación.