jueves, 9 de abril de 2020

¿DÓNDE ESTABA JUDAS EL MIÉRCOLES SANTO?


IV.- MIÉRCOLES SANTO

Ningún texto serio presenta actividad alguna de Jesús el miércoles de la semana en que morirá. La mayoría de los autores consideran que, por la razón que fuere, pasó todo el día en Betania, aunque, de forma poco precisa. Lucas contradice esta opinión, porque, tras hacer una descripción genérica de la actividad de Jesús en los días previos a la Última Cena, finaliza, como vimos al final de la crónica del martes, diciendo: “Durante el día enseñaba en el Templo y salía a pasear por la noche en el monte llamado de los Olivos”. No hace excepción del miércoles.
Pero aunque, por la razón que fuere, no se nos relatan hechos destacables del Maestro en ese día, la realidad es que los engranajes de la Historia no se detuvieron.
Cuando Jesús resucitó a su amigo Lázaro,el Sanedrín[1], que por entonces era francamente saduceo, se puso de los nervios porque, como los saduceos no creían en la vida del más allá, aquel milagro los desconcertaba. Pero el principal motivo de su inquietud era que observaban cómo el movimiento en torno a Jesús crecía demasiado y demasiado rápidamente,y temían que en cualquier momento se levantase una rebelión.
Así que a la vista de las noticias que se venían recibiendo de las andanzas de Jesús por las regiones del norte de Palestina, y ante el patente riesgo de una revuelta más o menos sangrienta, se decidió su muerte.Fue en aquella reunión donde Caifás[2] pronunció la célebre y maquiavélica, avant la letre, frase: “A veces conviene que muera solo un hombre para que se salve todo un pueblo”.
El siguiente paso en la conspiración contra Jesús lo dio el propio Judas Iscariote. Ya vimos que cuando María ungió a Jesús en Betania en el banquete del sábado anterior, este recriminó con cierta aspereza su ruindad a los discípulos que criticaban, tal vez inmoderadamente,el dispendio de 300 denarios realizado para comprar el ungüento de nardo que se utilizó en aquella unción. Y al frente de los descontentos estaba Judas, pues no en balde era el encargado de llevar la tesorería del grupo de los 13. Pues bien, una de las consecuencias de este desencuentro entre Judas y su rabí fue (o mejor dicho: posiblemente fue) que el todavía apóstol, disgustado por la reconvención recibida, se puso en contacto con los sacerdotes prometiendo facilitarles el prendimiento del Maestro.
Ahora, en la reunión que se estaba manteniendo ese miércoles en el Palacio del Sumo Sacerdote José Caifás, que era saduceo, para urgir la ejecución de la idea de quitar de en medio a Jesús, los planes estaban bloqueados, porque no quedaban más que 48 horas para la Pascua y aún no se había encontrado la fórmula para echarle mano.
La necesidad de apresar a Jesús antes de la Pascua y secretamente resultaba indispensable a los conspiradores, pues esa fiesta tenía un carácter hipernaconalista y se temía que cualquier alboroto podría desembocar en una indeseada revuelta, cuya primera consecuencia sería la intervención de la guarnición romana y la consiguiente vuelta de turca a la presión de la potencia colonizadora sobre el pueblo judío.
Todos estaban de acuerdo en que la urgencia de actuar pero…¿Cómo hacerlo?
Entonces Caifás tuvo la suerte  de ver cómo Judas se presentó en aquella reunión descascando el problema(iba a escribir que a Caifás le vino Dios a ver, pero no sé si es oportuno).
Judas delante de Caifás. Foto: Xavi Calzada publicada en https://festespopularscat.wordpress.com/category/la-pasion-de-olesa/

Se han gastado garrafas de tinta  para explicar esta traición. Desde luego lo de las 30 monedas de plata que se le ofrecieron (y él admitió) no parece motivo suficiente, entre otras razones porque la cantidad no era de suficiente montante como para acallar una conciencia de algo tan horrible como era la traición al Maestro.
Sin duda tuvo que haber otras razones, empezando por la herida a su amor propio cuando Jesús le reconvino públicamente en el episodio de los ungüentos. Acaso fue la decepción de no oír decir taxativamente a su jefe en el Templo que no, que no era lícito pagar el tributo al césar. Juan afirma de él que era un ladrón y Asimov, siempre creativo, especula con la posibilidad de que fuese un ultranacionalista que estaba en el grupo, si no como un topo si como agente provocador o, al menos, como informador de los zelotes.
Es posible que Judas esperase ver al Señor como el líder que llevaría al pueblo de Palestina a la revuelta y, estando desencantado, pretendiese moverlo hacia la violencia cuando se diese cuenta de que venían a prenderle… Seguramente nunca se sabrán sus motivos, pero sí es verdad que no es infrecuente encontrar analistas que tratan la figura del villano por excelencia con cierta comprensión. Uno de ellos, sorprendentemente, el cardenal Ratzinger, que incluso ve el lado positivo de la traición en el arrepentimiento y posterior suicidio de Judas.
Y también, porque “hay gente pato’o”, se puede encontrar a quien, con peligroso racismo (galileos buenos vs. judíos malos), no se extraña de lo ocurrido siendo Judas el único personaje auténticamente judío en un grupo en el que todos los demás eran galileos.
Así pues, el ofrecimiento que Judas había hecho el sábado a los fariseos de avisarles de cómo y cuándo se podía trincar al Maestro, cristalizaba ahora: el traidor informó a los reunidos de que los llevaría, ya de noche, hasta un punto retirado de la ciudad donde podrían prenderle sin necesidad de publicidad alguna.

© Canel
8 de abril
AÑO 1º de CONFINAMIENTO




[1] El Sanedrín era la máxima autoridad religiosa, judicial y política del pueblo judío.  Lo presidía el Sumo Sacerdote y lo componían 71 miembros, sacerdotes, sabios, escribas, ancianos… que se solían agrupar en dos “partidos”: los fariseos y los saduceos. No se conoce bien su forma de funcionar. A mediados del s. II a. C., esta institución fue liquidada por los romanos.
[2] Caifás, a quien el historiador contemporáneo de los hechos Flavio Josefo llama José Caifás, era el Sumo Sacerdote

¿ DÓNDE ESTABA JESÚS EL MARTES SANTO?


III.- MARTES SANTO
Volvió Jesús a la mañana siguiente a Jerusalén repasando con su gente más cercana el camino que habían andado dos veces el día anterior.
Cuando llegó al Templo se armó un pequeño revuelo porque muchos escribas de la ley, fariseos[1], saduceos[2] y ancianos le asaeteaban a preguntas. Pero pronto llegó una delegación oficial del poder religioso que le inquirió sobre quién le había otorgado a él poder para hacer las cosas que había hecho el día anterior.
La astucia de Jesús quedará patente viendo cómo supo sortear los mordiscos que le querían pegar los chacales fariseos.
-“Muy bien –les dijo- Contestadme vosotros: ¿El bautismo de [san] Juan de dónde era; del Cielo o de los hombres?”
En realidad la respuesta siempre les iba a dejar mal, porque si decían que del Cielo la reacción inmediata sería: “¿Entonces por qué no creísteis en él?”; pero si contestaban que de los hombres se pondrían enfrente a la mayoría del pueblo que siempre había tenido a Juan como un profeta[3]. Respondieron, pues, que no lo sabían, con lo que Jesús les espetó que, de acuerdo, pero que en tanto ellos no contestasen, Él tampoco lo haría.
En el subsiguiente debate dialéctico Jesús los vapuleó mediante parábolas y no solamente eso, sino que les dijo que, a los ojos de Dios, se encontraban cualitativamente por debajo de los publicanos[4] y las fulanas. Así que los fariseos, corridos, se retiraron a pensar en una nueva estrategia para pillarle. Y la encontraron utilizando el mismo sistema que había utilizado Jesús con ellos.

Volvieron a donde se encontraba y le preguntaron sobre la licitud de pagar el tributo a Roma. Jesús se dio cuenta de la trampa, pues si contestaba positivamente perdería su prestigio ante los antirrromanos, pero si contestaba que no, quienes se le echarían encima serían no solo los colaboracionistas, sino también los propios romanos.
La respuesta es de todos conocida pero de difícil exégesis. Jesús pide que le enseñen un denario y el que le muestran tenía, como todos, la efigie de algún poderoso político romano[5]. A la vista de la moneda, que debería llevar acuñada la cara de un césar, pronunció la famosa frase: “Pues dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios.”
imagen extraida de: https://nuestrodios.com/al-cesar-lo-que-es-del-cesar/

Lo que Jesús quería decir es que aquella moneda con aquella efigie, no tenía relación con el pueblo judío; ni siquiera estaba permitido dar limosna en el Templo con ella. Lo que hizo fue desplazar el centro de gravedad del problema trasladándolo del mundo de la política al de la religión. Les estaba diciendo que él no hablaba de política; si aquello era del césar pues que se lo llevasen a Roma en buenhora, pero que esto a Él no le afectaba porque el ámbito en que se movía era el de la relación del hombre con Dios.
Es cierto que supo escapar del embroque sin un solo rasguño, pero también es cierto que, siendo su respuesta sin duda alguna una evasiva, transmitió  una sensación de cierta tibieza que desagradó a los zelotes e incluso a alguno de los más nacionalistas de sus discípulos. Ellos hubiesen querido oír algo tan taxativo como: “No. Es absolutamente ilícito”.
Prosiguieron los saduceos haciéndole preguntas, como, por ejemplo, con quién formaría pareja en el Cielo un hombre que se había casado varias veces (porque los saduceos no creían en la en la otra vida) y cuestiones similares. Una salida muy oportuna del Señor y que revela su profundo conocimiento de los textos sagrados, tuvo lugar cuando le plantearon de qué forma explicaba que podría ser Él el Mesías siendo galileo, cuando las Escrituras decían que el Ungido, el Cristo, sería hijo de la casa de David; o sea, de Judea.
Pero Él les citó el salmo 110, cuyo autor era el propio rey David, que dice: “Dijo el Señor [Yahvé] a mi Señor [Cristo]” Entonces –les preguntó- ¿cómo entendéis que David llame Señor a su propio hijo?
Esto puso en retirada a los sacerdotes saduceos con el rabo entre las piernas, pero los fariseos, vista la derrota de sus socios, toman el relevo y le preguntan cuál era el principal Mandamiento de la Ley.
La pregunta dejaba el círculo bastante cerrado porque se movía dentro de la Ley mosaica y la respuesta no era difícil de prever. En realidad, en todas estas preguntas se aprecia que lo que estaban haciendo los sacerdotes eran no solo poner a prueba sus conocimientos, sino que cometiese un error y expresase cualquier idea punible, cualquier blasfemia, para poder utilizarla contra Él. Si no es imposible concebir una pregunta tan simple como la de elegir entre los Diez Mandamientos el principal de ellos.
-Primero –contesta Jesús- amarás a Dios sobre todas las cosas y segundo amarás al prójimo como a ti mismo. Es curiosa esta segunda parte de la respuesta, que solo se puede justificar porque, como he dicho más arriba, la cuestión se circunscribía al ámbito de la Ley.
Amar al prójimo como a uno mismo constituye lo que hoy llamamos “regla de oro de la ética” y la formulan, de uno u otro modo, absolutamente todas las religiones, muchísimas otras corporaciones laicas y la inmensa mayoría de los filósofos. De hecho, el Levítico, que ya por entonces tenía 1.300 años de antigüedad, expresa la idea meridianamente, y siglos más tarde, unas décadas antes de Cristo, el gran ideólogo de los fariseos, Hilel, responde a la petición que le hacen de que emita un resumen de la Torá: “No hagas a tu prójimo lo que no quieres que te hagan a ti; todo lo demás es comentario.” No hará falta recordar que la Torá se componme de 5 libros y que supone más de un 15% del Antiguo Testamento.
Pero lo sorprendente es que esta conversación con los elementos judíos provocadores se produce en martes, cuando el jueves, solo 48 horas más tarde, Jesús va a soltar una de las bombas determinantes de su doctrina. Tal vez lo más decisivo después de su Muerte y Resurrección: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Vamos a reformularlo. “Amad a vuestro prójimo como solo puede amar un Dios”. Naturalmente que esto dejaría en mantillas la respuesta que había dado el martes.
Pero aún añadió más: “Este será el signo distintivo del cristiano”; su exclusividad.
Jesús aprovechaba aquellas horas en el Templo para enseñar a los oyentes los secretos de las Escrituras y explicárselos. Dicen los evangelistas que durante el día enseñaba en el Templo, por la noche paseaba por el Monte de los Olivos y luego dormía en Betania.





[1] [1] Los fariseos suponían el grupo religioso dominante (en número), en Palestina. Muchas de sus creencias eran comunes con el cristianismo, por lo que hay autores que creen que la familia de san José seguía la observancia farisea. Su característica era que lo primordial era el cumplimiento de las 613 normas que se habían dado. Esto les hacía odiosos a los ojos de Jesús, porque entre ellos se valoraban no por sus cualidades humanas o religiosas, sino por el grado de cumplimiento de la normativa., lo que suponía un monumento a la hipocresía.
[2] En aquel momento el Sumo sacerdote y los principales sacerdotes del judaísmo era saduceos.
[3] En realidad, Jesús les había planteado a los saduceos una “trampa saducea”, que es aquella pregunta en la que, se conteste lo que se conteste, el que responde siempre sale perjudicado. Un poco más adelante ellos le devolverán la moneda. La expresión “trampa saducea” viene de aquí aunque, como se ve, el primero que la usó fue Jesús.
[4] Los publicanos eran cobradores de impuestos que obtenían de Roma una concesión quinquenal que conseguían por una subasta pública. Por lo tanto, apretaban al pueblo para sacar el mayor beneficio posible a lo que pagaron por poder ser recaudadores. Además, eran necesariamente colaboracionistas con los romanos. Todo ello hacía que los judíos los despreciasen.
[5] Había varios tipos de denarios en circulación; no se puede saber cuál fue el que le presentaron.

¿ DÓNDE ESTABA JESÚS EL LUNES SANTO?


II.- LUNES SANTO
El lunes, segundo día de su estancia en el área de Jerusalén, Jesús se levantó, hizo sus abluciones, digo yo que rezaría y desde Betania, en la falda del Monte de los Olivos, partió con los doce para ir al templo a enseñar.
Como hasta hoy no ha posible fijar exactamente la cronología de lo ocurrido en los días que van desde el Domingo de Ramos hasta el prendimiento en el Huerto de los Olivos, intentaré conciliar la información de mis fuentes para acercarme lo más posible a lo que creo que pasó.
Una característica de estos días es que, en opinión de casi todos los comentaristas, se nota una profunda tristeza, un aplanamiento, acaso duda o debilidad en un Cristo/hombre que hasta entonces siempre se había mostrado equilibrado y sereno. Es probable que dudase y que se preguntase por qué estaba haciendo esto en vez de haber creado un hogar con una tranquila esposa y traviesos churumbeles. Tal vez sufriese momentos de flaqueza y, de hecho, lo veremos casi casi arrojar la toalla en el Huerto de los Olivos teniendo que pedir la ayuda del Padre, para superar su stress.
Pues eso. Que camino de Jerusalén vieron una higuera y, como el Señor tenía gazuza, se acercó al árbol para descubrir con decepción que, a pesar del verdor de sus hojas, no tenía frutos. Jesús maldijo a la higuera condenándola a la esterilidad, pero los exégetas bíblicos explican que no se trataba de un enfado o de una pueril venganza contra un ser inerte e incapaz de tomar sus propias decisiones, sino que estaba creando la imagen de lo que era el Templo: mucho follaje por fuera y absolutamente huero por dentro. La maldición no iba dirigida al árbol, sino que, entre líneas, se podía leer que iba dirigida contra el sistema religioso judaico.
Al llegar Jesús al Templo[1] se encontró con un desagradable espectáculo: decenas de mercaderes hacían sus negocios en puestos instalados en el interior del templo. En el Éxodo, que ya prescribe la presencia de los varones judíos en el Templo tres veces al año, Yahvé es taxativo: “Nadie se presentará ante mí con las manos vacías”, lo que obligaba a comprar sus ofrendas a quien, por cualquier razón, no podía llevarlas desde casa. Y también en el Éxodo, el Primer Mandamiento de las Tablas de Moisés, ese que hoy citamos abreviadamente como “Amarás a Dios sobre todas las cosas”, prohibía la reproducción de figuras humanas. Por lo tanto, los judíos que venían desde otros países, los de la Diáspora, tenían que canjear las monedas que traían de sus naciones con la efigie de quien les gobernaba por las monedas judías que se decoraban con motivos ornamentales. Así que era lógica la existencia de estos puestos de cambistas y, casi con seguridad, legal, porque no se puede dudar de que los propietarios de los comercios pagaban un canon al Templo por poder instalarse allí.
Jesús, en episodio de todos conocido, y repetido hasta la saciedad por los pintores de temas sagrados, formó un látigo con unas cuerdas y, a patadas y a golpes, expulsó a los mercaderes del recinto sagrado derribando sus puestos con las jaulas de palomas, monedas, panes…
En realidad todo la crítica parece estar de acuerdo en que aun siendo legal lo que hacían los comerciantes, la actitud de Jesús también fue legal, como lo demuestra el hecho de que no intervinieran para restablecer el orden ni la policía interna que tenían los levitas[2] en el Templo ni la fuerza militar romana de la vecina Torre Antonina.
En mi opinión, aquí hay algo descuadrado. Si hubiese habido pocos puestos, sin duda Jesús no se habría indignado, pero si hubiese habido muchos, no parece verosímil que sus propietarios se dejasen apabullar por una sola persona. Además, la lógica nos dice que los puestos se localizarían en los patios, es decir, en el exterior del Templo propiamente dicho,  probablemente bajo las los peristilos o soportales que rodeaban a los atrios. Y eso crea una nueva dificultad, porque había un atrio para los judíos, donde deberían estar por lógica los tenderetes de animales, otro atrio para las mujeres y un tercero para los gentiles, para los extranjeros, lo que nos permite suponer que allí se concentrarían las mesas de los cambistas. ¿Fue Jesús recorriendo los tres atrios?
Yo creo que lo sucedido no pasó de una simple discusión a resulta de la cual un par de puestos rodaron por el suelo, sin más damnificados, aparte de las palomas y conejos, que un par de frágiles tenderetes de madera y tiritaña. Ambas circunstancias, brevedad y levedad, explicarían la ausencia de actuación de las fuerzas de seguridad en el lance.
Pero algo de todo esto que aún nos afecta. El arrebato de violencia de Jesús dio pie a que algunos analistas lo incluyesen entre los zelotes[3], grupo  político-religioso que preconizaba la lucha armada contra el invasor romano. Esa idea se retoma en muchos siglos después, en la Ilustración, y por fin, los movimientos revolucionarios armados, a veces terroristas, que eclosionan en la década de los 60 del pasado siglo, identifican a Jesús como uno de los suyos: radical y violento ante la injusticia si es necesario.
Asimov imagina otro panorama. Cree posible que Jesús, en sus andanzas por el norte del país, hubiese oído a ingenuos campesinos quejarse de cómo aquellos vendedores de retorcido colmillo los engañaban al llegar al Templo, con lo que se enrabietaría al verlos Y, por otra parte, imagina que los mercaderes habrían obtenido sus permisos para instalarse en el ámbito general del edificio, pero que, en connivencia seguramente venal con los sacerdotes, habían invadido partes vedadas del Templo. Pudiera ser.
imagen sacada de wikipedia, museo de indianapolis, cuadro del Greco: https://es.wikipedia.org/wiki/La_expulsión_de_los_mercaderes_(El_Greco,_Minneapolis)

Es curioso que los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, los llamados Evangelios Sinópticos[4], pongan este incidente un par de días antes del apresamiento de Jesús, mientras que el Evangelio de Juan, lo ubica al principio de su vida pública. Con el fin de allanar esta dificultad cronológica, algunos autores consideran que hubo dos expulsiones de mercaderes. También es llamativo que Jesús hubiese estado otras tres veces en el Templo, una el día anterior y no se hubiese percatado del problema.
Sea como fuere, lo cierto es que Jesús logró terminar aquel asunto de forma victoriosa para su posición, tan es así que, acabado el incidente, según San Marcos se quedó “enseñando” y nadie lo expulsó de allí por alborotador, y así iba dando valor público a su poder.
Y dolía especialmente a los escribas[5] y saduceos[6] que por allí andaban, ver cómo elegía, para su comentario, un texto del Libro de Isaías que decía: “Mi casa será llamada casa de oración”, contraponiéndolo a otro de Jeremías que se podía leer que la habían convertido en “cueva de ladrones”. Jesús había alcanzado con este enfrentamiento tal poder, tal imperium, que incluso detenía, como si tuviese allí algún mando, a los cargadores o servidores de los mercachifles que andaban por medio del Templo acarreando bultos.
Lo peor para los sacerdotes, que ya tenían decidida su muerte desde poco después de que resucitase a Lázaro, es que tras la trifulca con los vendedores, se llegaron a Jesús los cojos y los ciegos del templo y, dice Mateo sin la menor emoción, como si fuese lo suyo: «los curó»; solo le falta al evangelista añadir ¡Ea!.
Terminada la faena Jesús abandonó el Templo.
Claro; si los sacerdotes ya tenían decidida la muerte de Jesús y encima, desde que llegó a Jerusalén, el primer día provocó una manifestación de fervor popular a su favor, y el segundo, además de cargarse el negocio que tenían montado con los mercaderes, los insultó llamándoles ladrones y, luego pasó la tarde sanando a ciegos y a cojos, ahora lo que les entró fue la prisa por ejecutarle. Pero tenían que tener cuidado porque, para evitar disturbios, su detención debería hacerse por la noche, y era evidente que siempre iba rodeado de bastante gente.
Al salir del templo, Jesús, y usaré una pintoresca expresión del jesuita del siglo XVI, Luis de la Palma, «no habiendo nadie que le invitase a cenar ni a dormir, se volvió con sus discípulos a Betania aquella noche.»
Aún una cosa más. Cuando regresaban, Pedro le indicó que la higuera a la que lanzó la maldición aquella mañana  se había secado en solo unas horas. Jesús, que no daba puntada sin hilo, puso ese hecho como ejemplo de lo que puede la fe: Él se lo había pedido al Padre con fe y por tanto lo había obtenido. Cualquier solicitud hecha al Padre con fe, sería capaz de mover una montaña.
Era ya tarde cuando se fueron a dormir.

© Canel
6 de abril
AÑO 1º de CONFINAMIENTO





[1] El Templo que aparece en el Nuevo Testamento no es el de Salomón, que se edificó en el s. X a.C. y permaneción 4 siglos en pie hasta que loderribó Nabucodonosor II. En 535 fue rehecho exactamente ene l mismo punto en que estaba el anterior, pero mucho más modesto.
[2] Los levitas eran los sacerdotes. Se llamaban así porque pertenecían a la tribu de Leví. Cuando las 12 tribus llegaron a la Tierra Prometida y se la repartieron, Yahvé ordenó que la tribu de Leví se encargase con exclusividad del sacerdocio, con lo que no se le dio tierra para cultivar.
[3] Los zelotes eran un grupo político religioso proclive a la expulsión de los romanos por medio de la violencia. En realidad, se fuese miembro activo de la secta o no, el movimiento zelote, en los tiempos de Jesús, flotaba en el ambiente de Palestina. Simón el Cananeo, uno de los apóstoles, era zelote.
[4] Los Evangelios Sinópticos  se llaman así porque son los tres tan similares que pueden organizarse en paralelo, en forma de cuadro, para ir confrontando unos textos con otros. No es, por tanto, una calificación teológica, sino que se refiere a la metodología que se puede emplear para su estudio.
[5] Los escribas, entre otras funciones, eran notarios e intérpretes de la Ley. Ejerciendo esta última función no podían cobrar (solían tener otros trabajos), pero era evidente que lo hacían. En su mayoría pertenecían a la observancia farisea.
[6] Era una secta del judaísmo que tenía ya 1.000 años de antigüedad. Sus miembros eran de alto nivel social y exigían la máxima severidad en las prácticas religiosas. En tiempos de Jesús formaban la cúpula del gobierno de la Iglesia Judía, siendo los Sumos sacerdotes de observancia saducea.

¿ DÓNDE ESTABA JESÚS EL DOMINGO DE RAMOS?


I.- DOMINGO DE RAMOS
El sábado anterior a su pasión y muerte, 8 del mes de nisán (28 de marzo), Jesús llegó a Betania y se instaló en casa de sus amigos Lázaro (Simón el leproso como le llama Renan), Marta y María. Había llegado andando, claro, junto a sus doce apóstoles, desde el monte Hermón, como a unos 120 km al norte de la capital del reino judío,
Allí en Betania fijó Jesús su “cuartel general”, de forma que los siguientes 4 días, hasta que los romanos le echaron mano en el Huerto de los Olivos, al terminar sus actividades en Jerusalén se volvía a dormir a casa de sus amigos, que no distaba más allá de 4 km.
En la casa de Lázaro tuvo lugar un episodio, en principio banal, pero que más adelante veremos que tal vez tuvo consecuencias decisivas. El anfitrión había organizado una comida bastante concurrida y, durante ella, María ungió los pies del  Señor con unas bastante caras cremas aromáticas, mostrando así su total sumisión al Maestro. Luego, arrodillada, le secó con sus propios cabellos. Pero el elevado precio de los ungüentos  que María usó motivó el que algunos de los presentes mopstrasen su desagrado por tan desmesurado gasto en algo a todas luces superfluo. Y, naturalmente, a la cabeza de los descontentos estaba el cajero del grupo, el encargado de llevar la baca, recaudar las donaciones, pagar los gastos y dar las limosnas: Judá el nacido en Kerioth (Judas Iscariote), que era el quien mejor conocía el estado de las finanzas y que estimaba que el importe gastado por María en cremas para el rabí, hubiese sido más útil si lo donado a la tesorería comunitaria.
Pero Jesús, en cuyos planes estaba el hacer valer en los días previos a su muerte su imperium, recriminó a los disidentes su ruin actitud, aunque tal vez lo hiciese de forma algo cortante cortante.
El domingo 9 de nisán Jesús se dirigió a Jerusalén. Parece que no tenía un plan especial. Simplemente, en línea con su proyectos para estos últimos días, quería ser digamos que “entronizado”, como cualquier rey que llega a tomar posesión de su cetro, en la capital política y religiosa del reino para dejar constancia de su real autoridad. Encargó a sus hombres que le consiguieran un borrico y ellos, siguiendo sus precisas instrucciones, le trajeron uno que jamás había sido montado como les había ordendo. Curiosamente los apóstoles lo cogieron sin permiso de nadie y cuando fueron sorprendidos en flagrante delito de abigeato, alegaron que era para Jesús y que lo devolverían más tarde, pero luego los Evangelios no vuelven a decir nada respecto a la prometida devolución.
imagen extraida de http://unidosxisrael.org/noticias/el-monte-de-los-olivos-conoce-su-historia/

Desde Betania subió hasta el Monte de los Olivos y allí se detuvo, como ahora se detienen tantos miles de  turistas, para contemplar la ciudad desde lo alto. La leyenda dice que Jesús lloró[1].a la vista del escenario de su cercana muerte.
El sábado siguiente, 14 de nisán iba a ser la pascua judía (pesaj), que conmemoraba (y aún conmemora) el fin de la esclavitud de los hebreos en Egipto; la noche en que el Ángel Exterminador se paseó por todos los hogares egipcios llevándose por delante la vida de los primogénitos de cada uno de ellos, episodio que recoge inolvidablemente la película “Los 10 mandamientos” (1956). El libro del Éxodo, ya prescribía que al menos en tres ocasiones al año todos los varones judíos debían acudir a Jerusalén, aunque el precepto no se activó, aunque muy relajadamente, hasta que Salomón no terminó su fastuoso templo hacía nada menos que 1.000 años; eran “de precepto” la fiestas de Pascua, la de Pentecostés (50 días más tarde) y la de los Tabernáculos (sucot), que se celebraba entre finales de septiembre y principios de octubre (del 15 al 22 del mes de thishrei).
Pronto se supo en Jerusalén la noticia de que Jesús, con su séquito de apóstoles y discípulos más cercanos, se encaminaba a la capital. La ciudad era una urbe no muy grande, de unos 40.000 habitantes, pero probablemente en aquellas fechas casi había doblado su población pues miles de peregrinos habían llegado, muchos de ellos haciéndose acompañar por sus familias e, incluso, trayendo sus animales de carga portando en sus alforjas algún producto con el que negociar o las ofrendas que pensaban entregar a los sacerdotes[2] para que fuesen sacrificadas a Yahvé.
En realidad los jerosolimitanos no tenían demasiadas referencias sobre Jesús. Últimamente, con motivo de la resurrección de Lázaro, su imagen se había dado a conocer algo más, pero entre los peregrinos sí había muchos que sabían quién era y que, con más o menos intensidad, eran seguidores suyos. Sus fans, mayoritariamente galileos, le saludaban durante su camino hacia el Templo agitando ramas de árboles, usualmente palmeras, y echándolas a su paso para alfombrar su camino como muestra de su respeto a la realeza que se suponía correspondía al Mesías.
El grito más frecuente que se oía era el de “¡Hosanna!”, palabra hebrea, aunque de raíz aramea, que quiere decir “¡Sálvanos!”. A día de hoy parece una palabra absolutamente encarnada en el rito religioso judío o cristiano, y así lo había sido en el judaísmo durante siglos,  pero en aquellas fechas no ocurría así; de hecho, Ratzinger reconoce que quienes gritaban esto al paso de Jesús no eran tanto sus seguidores espirituales, como aquellos que esperaban la llegada de un Mesías que les librase, que les salvase, del yugo romano reinstaurando el reino de Israel.
Pero los seguidores de Jesús debían alborotar tanto que, en cierto momento, algunos fariseos que andaban por allí, sin duda alguna en misiones de “inteligencia”, le pidieron que se dirigiese a su gente pidiendo un poquito de calma. Pero Jesús, enigmáticamente les contestó:
-Si yo les hiciese callar, gritarían las piedras.
Los habitantes de Jerusalén, como digo, no sabían quién era Jesús, así que preguntaban a los que le conocían:
-¿Quién es este?
-Es Jesús de Nazaret, el Mesías.
A lo que el hierosolimitano, moviendo la cabeza respondía.
-¿Y un simple galileo pretende ser nuestro salvador?
Porque los judíos despreciaban a los galileos y ambos pueblos se odiaban. Aunque debe recordarse que, en puridad, Jesús no era galileo, sino judío, pues nació en Belén de Judea patria chica nada menos que del rey David, aunque, según todos los indicios, san José si era nazareno, y lo que después hemos llamado la Sagrada Familia se instaló de nuevo en Nazaret al regreso de su Huida a Egipto.
En fín. A aquel al que esperaban que fuese con la pompa y el aparato de un rey no se le vio sobre un brioso caballo, sino sobre un simple asno. Estaba claro que lo que exhibía Jesús era que su autoridad no dimanaba de los signos externos.
¿Y a qué fue Jesús el domingo a Jerusalén? Pues parece claro que a reconocer el terreno en el que se desarrollaría el drama de su juicio, tortura, ejecución y el milagro de su resurrección durante los siguientes días. No hay noticias claras de una actividad destacada. Marcos señala que llegó al llegar al Templo, entró en él, observó los alrededores y se volvió con los doce a Betania, mientras que Juan incluye en esta jornada el incidente de la expulsión de los mercaderes del templo que los otros tres Evangelios, los llamados sinópticos, ubican cronológicamente en los siguientes días.
© Canel
5 de abril
AÑO 1º de CONFINAMIENTO





[1] Quien esto escribe, en su único viaje a Tierra santa, quedó muy decepcionado, aunque debe admitir que el panorama de Jerusalen al atardecer desde el Monte de los Olivos, lo emocionó.
[2] Llamados levitas porque pertenecían a la tribu de Leví, que tenía kla exclusividad del sacerdocio.

SERIE: QUÉ HIZO JESUS CADA DIA DE LA SEMANA SANTA

Ayer se me ocurrió enviar a todos una interpretación personal de lo que sé (y consulto) de la peripecia de Jesús en cada uno de los días de la Semana Santa. Publicaré, por tanto, 8 capítulos; de Domingo de Ramos a Domingo de Resurrección y, cada día, refiriéndome a lo que Jesús hizo en cada una de esas jornadas.
El asunto consiste en contar hechos reales pero, sin mengua de la calidad  ni de la veracidad (si es que en la Historia hubo alguna vez algo de veracidad), reduciendo un poquito la distancia entre los textos cultos y los usos de la calle; o sea, contarlas cosas como se hablarían dos AMIGUETES dando un paseo.
Espero que te guste.
Una brazo.
Canel. en Madrid a Sabado 4 de abril de 2020

jueves, 27 de diciembre de 2018

ATRACCIÓN CELESTIAL ( CUENTO DE NAVIDAD)


Antes de la cena, por llamarle algo, de aquella nochebuena, Yvonne se calzó una sudadera y, aunque nevaba, salió a dar un paseo por la alameda de la ciudad.
En realidad Yvonne no se llamaba así, sino Catalina, como su abuela, pero un productor que le propuso lanzarla al estrellato cinematográfico, lanzamiento que a la postre no cuajó en nada más allá de media docena de películas de segundo o tercer nivel y un puñado de sesiones íntimas en el apartamento del manús, le aconsejó que cambiase su auténtico nombre por otro que a un tiempo fuese sugerente, aterciopelado, sensual y comercial.
-¿Cómo cuál?- preguntó ingenua.
- Como Yvonne. –contestó tras un momento de duda- Sí. Yvonne te iría bien. Y de apellido Yébenes. Desde ahora serás Yvonne Yébenes; se acabó lo de Catalina Poyatos.
Tal vez ahí empezó Catalina, ya Yvonne, un vertiginoso ascenso social que, tras alcanzar su punto de inflexión, se trocó en un al menos igual de vertiginoso descenso que devino en cruel batacazo. De aquellos años en que se ejercitó en una selecta panoplia de vicios y excesos, solo le quedó la triste añoranza de sus amantes, algunos regalos de escaso valor, unas ropas hoy ya raídas, un cuerpo precozmente avejentado y un rostro en el que aún se adivinaba su pretérita belleza entreverada con una red de arrugas impropias de una mujer de su edad.
Y, eso sí, también le quedó una ridícula pensión del montepío de actores y un pisito que le regaló un amante hindú generosamente dotado para las finanzas y no solo para las finanzas.
Andaba con paso elástico, tal y como aprendió en la breve etapa en que fue modelo de alta costura, pero atenta a no resbalar en un suelo que, con la nieve, se estaba pareciendo una cada vez más a una peligrosa patinoire.
Al pasar ante el portal de una casa deshabitada una voz quejumbrosa le llamó desde el fondo del mismo:
-¡Señorita! ¡Señorita! ¡Por favor!–le acuciaba la voz.
Yvonne ni se volvió. No podía atender, aunque quisiese, a mendigo alguno. Pero la voz que salía de dentro del lóbrego portal insistió tenaz:
-Señorita, solo le pido unas monedas para no pasar esta nochebuena sin cenar.
Siguió andando, pero había dado aún 50 pasos cuando decidió volver al portal. Siempre había sido una mujer generosa, acaso demasiado. ¿Por qué no iba a serlo ahora?
-Mire, señora –no veía el rostro de su interlocutora y le hablaba a la oscuridad-  yo no puedo ayudarla porque nada tengo, pero si viene conmigo a mi casa repartiremos lo poco que haya para cenar.


Del fondo del negro portal surgió la figura de una anciana que, a pesar del frío invernal, solo cubría su modesto atuendo negro con una toquilla de punto, llevando como todo calzado unos pantuflos de fieltro, ya calados por la nieve que empezaba a cuajar sobre la acera. Yvonne le echó el brazo por los hombros para darle su calor y ambas tomaron el camino de su casa.
 -Dónde vive usted.
-No sé qué contestar señorita. En ningún sitio y en todos. Suelo dormir en el oscuro portal en que me encontró hace un rato, pero no siempre.
-Ya. Yo me llamo Yvonne, bueno, o Catalina; es igual. ¿Y usted?
-Yo Herlinda. Herlinda para servir a Dios y a usted.
Una vez en casa, Yvonne proporcionó a su invitada una bata y calzado seco. Encendió la catalítica Super Ser y, sentadas a la mesa, se repartieron por toda cena de nochebuena un brick de caldo de pollo, un sobre de jamón de york y, como postre, una macedonia que Yvonne elaboró con las tres últimas piezas de fruta que le quedaban hasta fin de mes.
La cena transcurrió entre prolongados silencios, porque, en realidad no tenían mucho que decirse, pero lo cierto es que al final ambas estaban contentas, la una por dejar satisfecho su estómago y la otra por dejar satisfecha su alma.
Cuando terminaron de cenar Herlinda dijo que se volvía a su sombrío portal, y aunque Yvonne le rogó que se quedase a dormir en su casa, ella se negó firmemente. Pero decidieron intercambiarse unos regalos que les recordasen siempre la nochebuena en que se conocieron.
Herlinda obsequió a su anfitriona con una horquilla de su pelo y Catalina le dejó elegir entre los muchos bibelots que había por la casa, recuerdos de un pasado bastante más refulgente que la grisura que ahora envolvía su vida.
-¿Me puedo llevar esto? –dijo Herlinda señalando a una especie de piedra plana de color rojizo con irisaciones verdosas.
-Claro. Es un imán. Me lo trajo de Java un antiguo amante. Yo nunca lo he usado. Me dijo que era poderosísimo, y que si se golpeaba suave y repetidamente su superficie, podía alcanzar un poder de atracción casi milagroso. Cuantos más se golpecitos más potencia alcanzaría.
Herlinda lo guardó entre sus ropas. Luego, con un par de  besos y mil felicitaciones de pascua, se despidieron citándose para la nochebuena del año siguiente en el mismo portal en que se habían conocido.
- Cenaremos juntas de nuevo. Hasta dentro de un año.
-Si. Si Dios quiere. –apostilló Herlinda.
Pero Dios no quiso. En la nochebuena siguiente, cuando Catalina se dirigía al portal en que había quedado con Herlinda, un muchacho en un patinete eléctrico topó con ella y la arrolló dejándola tirada en el suelo.
Al abrir los ojos se encontró sentada en un banco, en una estancia enorme inundada de claridad. Al fondo había una puerta ojival sobre la que se podía leer: CIELO. Un tío con barbas y una llave en la mano parecía vigilarla. Catalina preguntó a un ángel blanquísimo que tenía a su derecha:
-¿Y esto?
-Pues ya ves, hija.
-No me diga más. He muerto ¿Verdad? Y el de la llave es San Pedro ¿No?
El ángel, mientras aleteaba suavemente para mantenerse en posición vertical, asintió conspicuo con la cabeza.
Pronto descubrió al tribunal que iba a juzgar su alma. Lo componían un santo y una santa, según dedujo por sus resplandecientes nimbos, y lo presidía Santo Tomás. Ante ellos una mesa sobre la que había una balanza con dos platillos; en uno se podía leer DEBE y en el otro HABER.
Santo Tomás pidió a un demonio más oscuro que las camisas de Joan Tardá, que presentase pruebas para condenar al alma de Catalina. El ángel réprobo puso sobre la bandeja del DEBE una torre de papeles, que hizo que la balanza se venciese hacia ese lado hasta tocar la superficie de la mesa.
A continuación pidió Santo Tomás al ángel blanquísimo que presentase sus alegaciones en favor de Catalina. Y el pobre ángel, un poco abochornado, solo pudo colocar en el platillo del HABER una hoja de papel en la que se exponía el episodio de la nochebuena en que repartió su escasa cena con una pordiosera llamada Herlinda.
Los miembros del tribunal, observaban impasibles cómo aquella solitaria hoja de papel no conseguía hacer que la balanza se moviese. Solo la santa parecía inquieta haciendo tamborilear sus dedos sobre la mesa, en claro síntoma de mostrarse nerviosa.
ILUSTRACIÓN EXTRAÍDA DE https://es.123rf.com/photo_24130716_balanza-de-concepto-bueno-y-lo-malo-ilustraci%C3%B3n-vectorial.html
Iban ya a dictar su condena cuando… Pero ¿Qué era aquello? El platillo del HABER, solo cargado con un triste folio, comenzó a bajar poco a poco venciendo el peso de los 1.374 expedientes que referían las violaciones de la Ley divina perpetradas por Catalina, y la práctica exacta, fiel y reiterada de absolutamente todo el catálogo de pecados capitales conocidos.
Al final quedó el platillo de la buena acción, porque ya digo que solo fue una, abajo del todo mientras que el de los pecados se mantenía en alto. Así que Santo Tomás falló a favor del alma de Catalina y pidió a San Pedro que franquease el paso a la nueva bienaventurada.
-¡Protesto! –berreó indignado el ángel fosco.
-¡Silencio, Demoniel! El HABER ha pesado más que el del DEBE. Tú lo has visto. No hay discusión.
Al ponerse de pie Catalina vio con sorpresa que en la mesa del tribunal, junto a la balanza había, justo en el punto en que la santa había hecho tamborilear sus dedos, una piedra plana, rojiza con irisaciones verdosas, que ella conocía. Aún pudo oír cómo Santo Tomás le decía a la santa.
-Vamos Santa Herlinda, no te demores que tenemos mucho que hacer
Santa Herlinda alzó la vista y, mientras Catalina atravesaba la puerta del Cielo, le guiñó un ojo. Luego, sin que Santo Tomás la viese, cogió la piedra rojiza subrepticiamente y se la guardó entre sus ropas.

FIN

Por medio de este cuento quiero decirte que, como formas parte de mi gente, me acuerdo con todo mi cariño de ti en estas fechas, pido al Niño Jesús que te conceda lo que mejor le venga a la salud de tu alma y de tu cuerpo y espero (y deseo) que seas insultantemente feliz durante el año 2019

Canel (Navidad 2018)