martes, 21 de febrero de 2023

EL CENEGAL DONDE BROTÓ LA PRIMERA REPUBLICA ESPAÑOLA

 

INTRODUCCIÓN (1ª PARTE)

El suelo en que brotó la República Española en el siglo XIX, más que un terreno labrantío era un auténtico cenagal. En los setenta y tres años del siglo recorridos hasta el advenimiento de la República, España había perdido todas sus provincias de Ultramar, excepto Cuba, Puerto Rico y Filipinas: algo así como 20 millones de km2 o. lo que es lo mismo, casi 5 veces la superficie de la Unión Europea. No es que  las perdiese como por arte de birlibirloque, no; es que cada independencia le costó una guerra.

Mientras, a este lado del Atlántico habíamos sufrido la invasión napoleónica (1808), la de los 100.000 hijos de San Luis (1823) y 3 Guerras Carlistas (en 1833, 1846 y 1872) o, dicho de otra forma, 15 años de conflictos bélicos, y ello sin contar algunas revueltas regionales con todo el aspecto de una guerra civil.

Cuesta creer nuestra relación con nuestros reyes. El príncipe Fernando, más tarde Fernando VII, usurpó el cetro que su padre, Carlos IV, empuñaba (bien que débilmente) y luego se lo cedió a Napoleón que se lo pasó a su hermano José (1808), al que echamos de España por la fuerza de las armas (1813); tuvimos secuestrado en rehenes a Fernando VII reteniéndolo en Cádiz (1823); expulsamos a la reina madre y regente María Cristina de Borbón (1840); el general Diego de León intentó secuestrar a la reina propietaria Isabel II, siendo aún una niña, para sacarla de entre las garras de sus enemigos políticos (1841); años después expulsamos a esa misma Isabel II (1868) tras una revolución (La Gloriosa) y, en fin, exasperamos tanto a otro rey, Amadeo de Saboya, que se vio obligado a tirar la toalla (1873).  Eso sí, para que no faltase de nada en nuestra agria relación con el poder, la famosa “furia española” se había cepillado a arcabuzazo limpio al presidente del gobierno y ministro de la Guerra Juan Prim (1870).

En los años anteriores a la República tuvimos 4 Constituciones: la de Cádiz de 1812 conocida como “la Pepa”, que estuvo en vigor en 2 ocasiones diferentes, y las de 1837, 1845 y 1869; además del Estatuto de Bayona (1808) y del Estatuto Real (1834) que eran algo así como constituciones de garrafa o, dicho en términos políticos, “cartas otorgadas”. Y chapoteando entre todo ello, en los 65 años que transcurren desde el acceso al poder de José Bonaparte (1808) y la proclamación de la República (1873) se pueden contar nada menos que 70 gobiernos.

Se creerá que con tal actividad oficial la oposición estaría apabullada ¿No? Pues no. Los enemigos del que mandaba, fuera uno otro, dieron en esos años 50 golpes de estado, los llamados pronunciamientos que, en la práctica, fueron muchos más porque alguno del medio centenar citado se produjo simultáneamente en varias provincias alejadas entre sí. Y me estoy refiriendo solamente a los pronunciamientos conocidos, a los que salen en los libros, porque golpes de nivel menor fueron incontables.

Desde el punto de vista de la práctica parlamentaria se conformaba una maraña que, aún hoy día, se presenta casi inextricable. Veamos como explicaba a sus lectores el escritor Edmundo de Amicis[1], que vino a nuestra tierra en 1871 acompañando a Amadeo de Saboya como periodista, el reparto de poder en España:: «Hay cinco partidos principales: el absolutista, el moderado, el conservador, el radical y el republicano. El absolutista se divide en dos: carlistas puros, carlistas disidentes. El partido moderado en dos; unos quieren a Isabel II; el otro a don Alfonso. El partido conservador en cuatro: los canovistas, capitaneados por Cánovas de Castillo; los montpensieristas, capitaneados por Ríos Rosas; los fronterizos, capitaneados por el general Serrano; los progresistas históricos, capitaneados por Sagasta. El partido radical, en cuatro: los progresistas democráticos, jefe, Zorrilla; los cimbrios, jefe, Martos; los demócratas, jefe, Rivero, los economistas, jefe, Rodríguez. El partido republicano en tres: los unitarios, jefe, García Ruiz; los federales, jefe, Figueras, los socialistas, jefe, Garrido. Los socialistas se dividían en dos: los socialistas con la Internacional y los socialistas sin la Internacional.»

Viñeta de la revista satírica 'La Flaca' en la que se pelean los federalistas, representados por José María de Orense, y los unitarios, representados por Emilio Castelar.
Viñeta de la revista satírica 'La Flaca' en la que se pelean los federalistas, representados por José María de Orense, y los unitarios, representados por Emilio Castelar.

 

Contabilizaba, por tanto, el escritor italiano dieciséis partidos, pero a esos les añadía otros seis que se estaban formando desgajándose de los mencionados. Y encima no incluía aquellos otros partidos menores “independientes” que no descendían de las ramas principales.

La situación se revela aún más complicada al saber que entre 1822 y 1868, se decretaron 32 estados de guerra, 26 de sitio, 23 de excepción y 1 de alarma, así que los editores de los periódicos se pasaban la vida temblando. Aunque bien pensado a lo mejor tampoco temblaban tanto, porque se sabe que los meses anteriores a la caída de Amadeo de Saboya, solo en Madrid se publicaban hasta 300 periódicos, en su mayoría de carácter político.

El otro medio de comunicación de la época era el manifiesto: en cuanto un político creía tener algo que decir lanzaba un manifiesto con su opinión que a veces, solo a veces, se fijaba en alguna pared de su pueblo y otras, solo otras, se publicaba en algún periódico.

En lo social las cosas tampoco marchaban demasiado bien. España estaba asolada por el bandolerismo que las fuerzas del orden no podían controlar, aunque la situación mejoró a partir de la fundación de la Guardia Civil (1844). La presencia de bandidos y salteadores en las montañas era lógica, pues las persecuciones de Fernando VII habían echado al monte, literalmente, a muchos que se habían jugado la vida por su rey mientras este recibía clases de danza en su jaula dorada de Valençay, y ahora veían su vida amenazada por la felonía real de aquel por quien lucharon.

El ambiente de guerra o de revolución era constante, con lo que era difícil que las cosechas medrasen generándose el consiguiente descontento en el campesinado, como se puede ver en la Guerra de los Agraviados, o de los Macontents, (1827) que asoló a todo levante, Andalucía y las Provincias Vascongadas. En 1842 una revuelta en Barcelona dejó 600 bajas entre revoltosos y guardias o los disturbios en toda España de 1856 por falta de alimentos: o la revuelta de Loja y su comarca, la “Revolución de pan y queso” (1861), que se saldó con nada menos que 146 revoltosos fusilados; o el “Motín de las uvas”, en Zaragoza (1865), que dejó 16 muertos. Las guerras habían llevado a los españoles a la ruina, pero es que además la política fiscal, pues el Estado también se había empobrecido, era exigente en exceso, lo que también causó asonadas, como la de Madrid de 1845.

Los conflictos fueron muy frecuentes y a menudo cruentos. Es difícil encontrar lugares donde no se hayan producido. Muchos tuvieron carácter nacional o regional (1804, 1847, 1856); los de 1856, por ejemplo, relacionados con la disfunción del mercado de granos por la Guerra de Crimea, se saldaron específicamente en Castilla con decenas de fusilados..

No podía faltar en el turbulento cuadro del siglo XIX el anticlericalismo que tanto estimamos en España. El pueblo español, que se declaraba católico en más de un 99 %, mantuvo una tensa relación también con la Iglesia. Las Cortes de Cádiz, que proclamaron la confesionalidad de la nación[2], abolieron la Inquisición con gran indignación de algunos prelados. Por otra parte, la economía eclesial sufrió la pseudodesamortización de José Bonaparte (1809) y las más serias de las Cortes de Cádiz (1813), la del Trienio Liberal (1820-23), la de Mendizábal (1836), la de Espartero (1841) y la de Madoz (1854), al tiempo que, tal vez para facilitar estas operaciones, se cancelaban las órdenes religiosas.

De todas formas la Iglesia se encontró más o menos confortable en función del liberalismo o absolutismo del gobierno de turno. Ya durante el Trienio Liberal se desata la violencia con la quema de conventos a que tan aficionados somos los españoles, incluyendo el histórico Monasterio de Poblet y muriendo asesinados, por citar solo algunos casos,  54 clérigos en Barcelona y otros 25 en Manresa. En Madrid en 1834 se liquida a 75 curas porque se suponía que estaban envenenando las fuentes de la ciudad (¡); en 1935 se queman conventos en Reus y Zaragoza y en ese mismo año en Barcelona, como consecuencia de una mala corrida de toros en la plaza de la Barceloneta[3], el público se amotinó y, claro, fueron quemadas unas cuantas iglesias y apiolados 16 curas. (¡Esa es mi España!).


 

Lo cierto es que estos episodios no eran sino erupciones de algo más profundo. La Iglesia se mantenía en oposición a las medidas liberalizadoras aplicadas durante el Trienio Liberal y tras la muerte de Fernando VII, formó parte activa del bando carlista/absolutista; así que no era infrecuente encontrar clérigos que adornaban el cíngulo con que ceñían sus hábitos con un par de pistolones, naciendo así la castiza figura del “cura trabucaire”.

(Continuará)

 

 

 



[1] Edmundo de Amicis fue el autor de la famosa novela Corazón que contiene el relato De los Apeninos a los Andes.

[2] Las primeras palabras del preámbulo de la Constitución de Cádiz dicen textualmente: “En el nombre de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la sociedad.”

[3] Plaza de El Torín.

LA REPUBLICA QUE DURO UN AÑO

 

Hoy, 11 de febrero, se cumple el 150 aniversario de la proclamación de la 1ª República Española. Las ediciones digitales de ABC, EL PAÍS y EL CONFIDENCIAL ni lo mencionan.

¡Hombre! Tampoco es que sea una efemérides como para ser celebrada con pasacalles y fuegos artificiales, pero sí es un episodio bastante desconocido que, en mi opinión, merece ser divulgado un poquitín por ser algo importante en nuestra Historia.

A ello me pongo. Y aunque será una serie corta (la 1ª República también lo fue) por lo menos nos dará algunas pistas sobre aquel momento histórico.


 

Para quienes sois nuevos en esto de los AMIGUETES, os diré que todo consiste en que los jueves envío alguna información, generalmente sobre Historia, cuya única diferencia con otros relatos reside de que está contada de forma desenfadada, aunque sin faltar al rigor histórico (si es que tal expresión no es una contraditio in términis).

A partir del próximo día 16 de febrero recibiréis, ese y los siguientes jueves,  yo creo que media docena de capítulos (aún lo tengo sin estructurar) en los que os contaré lo que sé de la primera experiencia republicana en España.

Espero que os guste.

Un abrazo.

 

Canel

domingo, 12 de abril de 2020

CONCLUSION PARA UN DOMINGO DE RESURRECCIÓN




DOMINGO DE GLORIA

Para narrar los hechos de la Resurrección, he seguido el Evangelio de Juan, que es el más prolijo en detalles y me ha parecido, tal vez por ello, más fiable que las versiones que se pueden leer en los Evangelios sinópticos.
Pues bien. Aún no había amanecido cuando ya estaba María Magdalena ante el sepulcro de Jesús descubriendo con sorpresa que alguien había corrido la pesada piedra que tapaba su entrada. Se asomó dentro de la cueva y la vio vacía, así que la pobre, asustada, salió a toda pastilla a buscar a Pedro y a Juan para contarles lo ocurrido. Los tres volvieron corriendo y al llegar encontraron la puerta franca y los lienzos de la mortaja por el suelo, pero no vieron a nadie ni vivo ni muerto.
Los dos apóstoles se fueron a toda prisa a avisar a sus compañeros de la noticia, así que quedó María Magdalena sola ante el sepulcro. Volvió a asomarse al interior de la gruta y vio dos ángeles, sentado cada uno de ellos  en un extremo del pétreo lecho en que había estado depositado el cadáver de Jesús. Después de cruzar desconcertada un par de frases con ellos se volvió y vio tras de sí a un hombre al que creyó un hortelano del lugar.
El hombre le preguntó por qué lloraba y pero la Magdalena, suponiendo que aquel desconocido podría estar involucrado en la desaparición del cuerpo de Jesús, le rogó vivamente que le dijese dónde lo había puesto, pues ella se haría cargo del cadáver. Pero el desconocido la llamó por su nombre -¡María!- y ella, dándose al fin cuenta de quién le hablaba, casi sin poder pronunciar la palabra le contestó con arrebatado fervor:
-¡Maestro! – Y quiso agarrase a sus vestidos para retenerle.

Pero Jesús, tal vez sonriendo, le pidió que no le tocase (noli me tangere), pues dijo que aún no se había presentado ante el Padre. Luego la dio instrucciones para que anunciase a los apóstoles que el Mesías, tal y como había prometido: HABÍA RESUCITADO.

CONCLUSIÓN

Aquí termina todo. Jesús ha sido torturado, ha muerto y ha resucitado; el ciclo se ha completado y se acabó lo que hoy llamamos Semana Santa. Para el culto cristiano este domingo es el día central del año pues no pudo existir cristianismo sin Resurrección. Morir por los demás voluntariamente es un acto heroico, pero no infrecuente; morir por los demás diciendo que se es Dios, es bastante menos frecuente, claro; pero demostrar al tercer día que, en efecto, se es Dios, ya es la repera. Esa es la piedra angular del cristianismo: Jesús pasó ese domingo de ser un buen tipo que proclamaba la supremacía del amor, a ser nada menos que el Hijo de Dios hecho carne.

CONCLUSIÓN PERSONAL

Es muy difícil escribir sobre una persona o una idea con total abstracción del sentimiento de quien lo hace. Siempre, por más esfuerzo que se haga, hay fisuras por donde escapa el alma del escritor. Durante esta semana he procurado que prevaleciese en mi texto la historicidad y la claridad sobre la religiosidad (Aunque admito que el uso de las mayúsculas en las dos últimas palabras de la narración de este domingo han sido una debilidad).
Al empezar con este trabajo me planteé si debía dejar clara mi posición ante lo que iba a contar. Decidí, para no condicionar al lector (si es iba a haber un lector), hacerlo al final, pues no quería que se pudiese decir algo así como: “Claro, eso lo dice Canel porque el tío es cristiano”.
No quería, como digo, que eso ocurriese, pero no sería justo ahora no exponer paladinamente la perspectiva desde la que he escrito todo esto.
Yo SOY CREYENTE. Es un problema de necesidad. Pero aunque así no fuese, lo sería por comodidad. No digo yo que no sea difícil creer en Dios, pero es que no creer de verdad en Dios es muchísimo más difícil.
Yo SOY CRISTIANO y por tanto creo en Jesucristo, hijo de Dios Padre. Y no es solo un problema de fe, que tengo la suerte de que me haya sido concedida, es que quiero ser europeo y pertenecer a la civilización occidental. Quiero entrar en el museo del Prado y al ver el  Noli me tangere  de Correggio, entrar en el “alma del cuadro” y no quedarme en el azul de la túnica, el celaje matutino o la profundidad que crea el rompimiento.
Yo SOY CATÓLICO porque, a fuer de cristiano, quiero pertenecer a la única Iglesia que fundó Cristo. Allá ellos los cristianos que se apuntan a una Iglesia fundada por Lutero, Calvino, Enrique VIII, William Miler, Joe Smith o Charles Taze Russell muchos siglos después; yo me apunto al original. Y también lo soy porque, en cuestiones de amor, no creo que haya nada capaz de superar al Nuevo Mandamiento que proclamó Jesús.
¡Ah! Y que no se me olvide. Yo SOY PECADOR porque… No sé. Supongo que, usando las palabras de Jesús en Getsemaní, el espíritu está pronto pero la carne es débil. Y los que, como yo, tenemos mucha carne pues… ¡Más débiles todavía!
Esta serie la habéis recibido 270 AMIGUETES. Gracias a todos por haberme leído y feliz Pascua de Resurrección.
© Canel
12 de abril
AÑO 1º de CONFINAMIENTO


BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA
TEXTOS BIBLICOS*
BIBLIA Nácar-Colunga (BAC 1959)
NUEVO TESTAMENTO (BAC 1962)
EVANGELIOS APÓCRIFOS (Ed. Creación, 2008)
BIBLIA DE JERUSALÉN. (Desclée de Brouwer.- 2009)
*Aunque los Evangelios son prácticamente idénticos en los 3 textos canónicos, no lo son sus aparatos críticos.

OTROS TEXTOS
Asimov, Isaac.- GUÍA DE LA BIBLIA II (Plaza & Janés 1995)
Balasch y Ruiz.- DICCIONARIO BÍBLICO. (Tikal 2004)
Oberländer, Beatriz.- JERUSALÉN (Orbis-Montena 1985)
Palma, Luis de la.- LA PASIÓN DEL SEÑOR (Palabra 1987)
Ratzinger, Benedicto XVI, Joseph.- JESÚS DE NAZARET (Encuentro 2011)
Renan, Ernest.- VIDA DE JESÚS  (Ed. Ibéricas 1999)
(Mi asistenta me quería matar al ver tantos libros por la mesa)


sábado, 11 de abril de 2020

¿QUIÉN SALIO A LA CALLE EL SÁBADO SANTO?


SÁBADO DE GLORIA

Mientras en la Ciudad Santa  millares de jerosolimitanos y de peregrinos venidos de todo el mundo celebraban ese sábado la pascua, los discípulos de Jesús estaban acobardados en sus casas, escondidos, tal vez reunidos en grupos pequeños.
El Maestro estaba muerto y enterrado. Había pasado de ser un profeta que pretendía ser el Mesías a ser un pobre fracasado.
De pronto la grey se había quedado sin pastor. Al desconcierto que eso les producía había que añadir el dolor por su trágica muerte. Y además  estaba el desasosiego por el cargo de conciencia que les producía el haber huido cobardemente desamparando a su jefe, rabí y amigo.
Y luego estaba el temor a que la persecución no hubiese terminado en Jesús y se prolongase hacia ellos, así que la posibilidad de una redada contra los seguidores de Jesús hacía que los apóstoles anduviesen escondidos y sin duda aterrorizados. Desde luego dice Juan que, aún el domingo por la noche, estaba todos reunidos, “estando cerradas por miedo a los judíos, las puertas de la casa”.
Tampoco cuentan nada las fuentes más serias de lo que hizo durante el sábado la madre de Jesús, pero es fácil imaginar llorando, consolada por sus amigas, a una madre joven, menor de cincuenta años que ha perdido un hijo, lo que ya es antinatural, habiendo asistido a su dramática y dolorosa muerte, lo que es aún más antinatural.
¿Qué pasaría aquel sábado por la mente de todos ellos? ¿Se acordarían de las muchas veces en que le habían oído decir que al tercer día de su muerte resucitaría? Probablemente, pero no querrían hacerse ilusiones; seguro que ni lo comentaban con sus más cercanos para no parecer ingenuos, y para  no aparentar que albergaban ridículas esperanzas. Pero en su fuero interno… Había que tener mucha fe en el Maestro y ellos no eran más que hombres, más que simples pescadores.

De quien sí se sabe algo es de algunas mujeres que habían venido con Jesús desde Galilea. Ellas, una vez cerrada la tumba donde descansaba el cuerpo del rabí, inspeccionaron la entrada y se fueron a casa a preparar aromas y esencias para perfumarlo, aunque ya habías aido embalsamado con 100 libras de mirra y áloe que había aportado Nicodemo. Luego, al atardecer, al iniciarse el shabat, las mujeres abandonaron su tarea y pasaron el día, como prescribía la ley, reposando.

Quienes no respetaron mucho la ley ese sábado de Pascua fueron los escrupulosos… ¡miembros del Sanedrín! Todos ellos, presididos por Anás y Caifás, yerno y suegro, a quienes Mateo llama, tal vez con ironía, “los Sumos Sacerdotes”, como si pudiese haber más de uno, se presentaron ante Pilato y le pidieron que pusiese una guardia en la tumba de Jesús, porque al haber anunciado tantas veces que resucitaría al tercer día de su muerte, temían que sus secuaces robasen el cadáver para luego poder decir que, en efecto, había resucitado.
Pilato, y se detecta entre las líneas del Evangelio de Mateo que ya con bastante hastío, les autorizó a que lo hiciesen ellos mismos. “Ahí está la guardia”; organizaos vosotros mismos.
Fueron los sacerdotes al sepulcro, aseguraron la losa que cubría la entrada con unas cuerdas, la sellaron con cera e imprimieron en ella su propio sello. Dos  soldados romanos quedaron de guardia a la puerta de la sepultura.


viernes, 10 de abril de 2020

TODOS LOS SITIOS DÓNDE ESTUVO JESÚS EL DIA EN QUE MURIÓ


V.- VIERNES SANTO
Por la mañana Caifás reunió a los integrantes del Sanedrín para ratificar la condena a muerte de Jesús, como así se efectuó. Es probable que no asistiesen los miembros que eran seguidores de Jesús, que alguno había, porque se sabe que la decisión fue unánime.
Pero el Sanedrín no tenía capacidad para condenar a muerte. El único que podía hacerlo era el gobernador o prefecto romano, que en este caso era Poncio Pilato, pues Judea, con relación a Roma, gozaba (o sufría) de un status parecido al que hoy sería un protectorado.
Los sacerdotes, ante Pilato, acusan a Jesús de haber dicho que era el Hijo de Dios, pero eso para la ley romana no era un delito, así que el gobernador decide dejar libre a Jesús. Entonces cambian la acusación y ahora dicen que permitió ser aclamado como rey. Eso sí entraba en el ámbito penal romano y Pilato no tuvo más opción que aceptar la denuncia. Pero enterado de que Herodes[1], tetrarca de Galilea, estaba en la ciudad, vio la oportunidad de quitarse aquel “marrón” de encima y decidió remitírselo para que él lo juzgase, pues el acusado pertenecía a su jurisdicción.
Herodes, que ya había oído hablar de Jesús, se interesó por su persona, pero observaba sorprendido que no respondía más que con el silencio a las acusaciones de los sacerdotes. Así que se limitó a burlarse de él y a devolvérselo al gobernador. Dice Lucas que Herodes y Pilato, que hasta entonces se llevaban mal, desde ese momento se hicieron amigos.
De nuevo en el palacio del gobernador, Pilato intenta dejarle ir pues ahora, a su opinión de ausencia de delito se añade la de Herodes. Pero los sacerdotes y quienes que se habían ido arremolinando alrededor del palacio, bien manejados por agentes infiltrados, le exigen que lo crucifique.

En todo momento se detecta la voluntad de Pilato de salvar la vida a Jesús. Es comprensible. Una caterva de histéricos con rizos cayéndoles por los aladares, le traen a un tío con el rostro tumefacto que, según dicen, pretendía ser el hijo de Dios. Bueno ¿Y a él qué le contaban? ¿Qué querían? ¿Qué condenase a muerte a un pobre desgraciado que probablemente sería un loco, o un mentecato, o un chungón? Además, había recibido un recado de su mujer, Claudia Prócula[2], diciéndole que había tenido un sueño y que sería mejor que se mantuviese al margen del asunto del galileo.
Entonces el prefecto tiene una idea. Los romanos tenían preso a un tal Barrabás que estaba condenado a morir crucificado por participar en una revuelta que terminó con un muerto. El gobernador romano, por la Pascua, tenía la facultad de soltar a un preso, y Pilato pensó que dando opción al pueblo a elegir si perdonar a Jesús o a Barrabás, saldría elegido Jesús que, en verdad, no había hecho mal a nadie. Pero la consulta resultó un fiasco, porque el pueblo, ya digo que hábilmente manejado, optó por salvar la vida del forajido, no una, sino las tres veces en que Pilato planteó la cuestión[3].
Ante el fracaso de su plan concibe ahora una deplorable idea: torturarle y darle la libertad. De hecho Lucas pone en su boca: “Le castigaré y luego le soltaré”. Creía que si se lo mostraba al pueblo en condiciones lastimosas, la gente se apiadaría de Él, así que ordenó que se le flagelase pero que se cuidase que de ningún modo muriese durante el tormento.
 Los soldados se lo llevaron a su cuartel, lo despojaron de su túnica para que quedase su espalda al desnudo y lo ataron a una columna con los brazos en alto[4] y los pies tocando levemente el suelo. Aunque la ley hebrea fijaba el máximo de azotes que el condenado podía recibir, aquí el tormento se aplicaba bajo la legislación romana que no ponía límite a este castigo. Además en este caso las instrucciones eran claras: tortura hasta que cause lástima al gentío que esperaba en el patio, pero sin que muera.
Se le flageló con un flagrum, que consistía en tres tiras de cuero, como de medio metro de largo cada una, unidas por un extremo a un mango de madera no muy largo. Cada una de las tiras de cuero llevaba en el término contrario dos bolitas, de plomo o de hueso, de manera que cada latigazo acarreaba tres cintarazos con el cuero y seis heridas por las concreciones duras de las puntas.
No se sabe cuántos latigazos recibió Jesús, pero sí se sabe que fue torturado hasta quedar irreconocible. Recibió golpes en todo el cuerpo desde las piernas hasta el cuello. La paleomedicina forense, estima que, además de las terribles heridas exteriores, sufrió sin duda lesiones internas en el corazón, la pleura, el hígado y los riñones, con lo que conlleva la disfunción de estos órganos en la química del organismo humano.
Es seguro que terminado el suplicio, al ser desatado Jesús caería al suelo sobre un charco de sangre. Literalmente no podría tenerse en pie; estaría hiperventilando por la pérdida de sangre y eso le tendría agotado. Y luego el dolor. Simplemente el dolor, sin otras consideraciones médicas, por aquellos latigazos sobre una piel que sabemos que estaba irritada desde que la noche anterior, en Getsemaní, había sudado sangre.
Para terminar su tarea los soldados lo disfrazaron de rey ¿No quería ser rey? Pues ahora lo iba a ser. Sentado, le facilitaron los tres signos reales, le cubrieron con una capa púrpura, le dieron una caña por cetro y le impusieron una corona… de espinas. Al dolor físico del suplico recién soportado, se añade la befa a quien le quedaban pocas horas de vida. Los torturadores pasaban ante él y le hacían remedos de reverencias y, para no ahorrarle ningún dolor ni vejación, le daban de bofetadas e, incluso, golpeaban con una vara la corona de vez en cuando para que las espinas se clavasen más en su cabeza.
La piltrafa, la llaga viviente que le trajeron sus soldados, Pilato tuvo la desvergüenza de presentarla a la gente, Ecce homo, solicitando su compasión. Pero aquel pueblo de pedernal volvió a exigir amenazante que fuese crucificado. Pilato ya no lo intentó más; percibió el riesgo de una revuelta popular y claudicó mientras se lavaba las manos[5]. Los judíos, desde la calle, aplaudían su decisión y recababan para sí, colectivamente, la responsabilidad moral de esa muerte.
Enseguida le quitaron la capa, le volvieron a poner sus propias ropas y, con su cruz a la espalda lo echaron a caminar calle arriba en dirección al sitio donde sería ejecutado, que era un lugar extramuros de Jerusalén llamado Gólgota (que quiere decir cráneo o calavera) a menos de un kilómetro de distancia del palacio de Pilatos. Menos de un kilómetro desangrado, asfixiado, herido, cuesta arriba y cargado con su propia cruz.
La muchedumbre que había estado esperando la resolución de Pilato ahora atestaba las bocacalles que confluían en lo que siglos después se llamaría la Via Dolorosa. Él, que nunca había hecho mal a nadie, tuvo que sufrir la presencia de un público trufado de satisfechos enemigos: los saduceos (que eran rigoristas con la Ley y odiaban a los “nuevos profetas”), los fariseos (a quienes había fustigado por hipócritas), los violentos zelotes (que le achacaban tibieza contra los romanos), los colaboracionistas con Roma (que temían que Jesús encabezase una revuelta)…
Pero también encuentra a gente que está de su parte; curiosamente los Evangelios solo mencionan mujeres. Unas que lloraban al ver su sufrimiento y a las que él mismo consuela, otra que secó de su cara, con un paño, la sangre que manaba de sus heridas y allí quedó impresa su verdadera efigie[6] (vero icono)…  Y, desde luego, María su madre que le acompañará hasta el final.
Jesús, en las precarias condiciones en que se encontraba, no puede con el peso de la cruz y cae al suelo sin poderse levantar. Los soldados agarran a un espectador, un judío de origen libio llamado Simón, probablemente llegado a Jerusalén para celebrar la Pascua, y le obligan a llevar la cruz. Aun así, Jesús tiene que hacer grandes esfuerzos para subir la cuesta que le lleva al Gólgota y aún cae dos veces más.
Cundo llegan a su destino, a la cima del Gólgota, el centurión y cuatro soldados que lo han conducido hasta allí, le quitan su túnica pues más tarde se la jugarán a los dados. Lo habitual es que, como parte de sus emolumentos, los soldados asistente a una ejecución distribuyan entre sí las diversas prendas del vestuario del reo o, incluso, con frecuencia las descosan y se repartan la piezas de tela, pero la túnica de Jesús es inconsútil, no tiene costuras, y es mejor que se la lleve uno toda entera que trocearla para el reparto.
Con la cruz en el suelo, los soldados tumban a Jesús encima y le clavan por las muñecas cada una de las manos en cada uno de los extremos del travesaño. Luego, montando uno de sus pies sobre el otro, los atraviesan con un clavo que, de un martillazo queda fijado al larguero de la cruz. Arriba, ponen, como es preceptivo, un cartel con la causa de su ejecución: JESUS NAZARENO REY DE LOS JUDIOS. Ya está; ahora, con ayuda de unas cuerdas, ponen la Cruz enhiesta. Nadie se ha Poe ocupado de quitar al reo la lacerante corona de espinas.
La agonía empieza a las 12 del mediodía y justo en ese momento la oscuridad se extiende sobre la tierra. Aunque sabe que le quedan pocas horas de vida sus pensamientos son para los demás: ruega al Padre que perdone a quienes lo martirizan y matan; da esperanzas a uno de los dos ladrones que sufrían junto a Él la misma pena de crucifixión, y encarga a su discípulo amado, Juan, y a la Virgen que se cuiden mutuamente en su ausencia.
Luego vuelve sus atenciones hacia sí: primero reza el salmo 22 “¿Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Eloí, Eloí, lama sabactaní), después pide que le den de beber porque debía tener la boca seca y le hacen llegar hasta la boca con una vara una esponja empapada en el agrio vino que beben los legionarios romanos, Por último da su misión como hombre por terminada.: “Todo está consumado” –murmura; e inmediatamente encomienda su espíritu a las manos del Todopoderoso.
Eran las 3 de la tarde del viernes 14 nisan cuando Jesús, dando una gran voz, inclinó la cabeza y devolvió su espíritu al Padre.
Dice el evangelio de Mateo que en el momento de la muerte de Jesús una fuerza telúrica removió el suelo y el velo del Templo, el velo que aislaba el Santca Sanctoum del resto del edificio, el velo que mantenía a Dios en un lugar retirado, arcano, donde solo podía entrar el Sumo Sacerdote y eso solo una vez al año, se rasgó de arriba abajo. La imagen era nítida: a partir de ahora ese Dios recóndito se converte en un Dios cercano y asequible.
Los sacerdotes, pensando que al día siguiente era la fiesta de la Pascua y no queriendo que los cadáveres quedasen a la vista de todos en el Gólgota, pidieron a Pilato que quebrase las piernas de los crucificados para, al disminuir la sujeción al larguero, se acelerase su muerte por asfixia. Así lo dispuso el prefecto, pero cuando un soldado, llamado Longino, fue a ejecutar la orden en Jesús observó que ya había muerto. Aun así clavó su lanza en el corazón del Crucificado y de la herida salieron al punto sangre y agua que tal vez fuese líquido pericárdico generado por una pericarditis causada por la flagelación.
Andrea Mantegna (1431–1506) Lamentación sobre Cristo muerto. Entre 1475 y 1501. Tempera sobre tela. 66 × 81 cm. Pinacoteca di Brera, Milán, Italia.
foto extraida de https://euclides59.wordpress.com/2014/08/16/andrea-mantegna-y-el-escorzo-lamentacion-sobre-cristo-muerto/

Aquella misma tarde José de Arimatea, miembro del Sanedrín pero que seguía secretamente a Jesús, le echa valor y se presenta en el Palacio de Pilato pidiéndole permiso para bajar el cadáver del galileo y enterrarlo en una tumba de su propiedad aún sin estrenar. Pilato accede y él, junto con Nicodemo, otro miembro del Sanedrín que era secreto seguidor de Jesús, y probablemente con la ayuda de la Virgen y de aquellas mujeres amigas suyas que no se separaban de ella para consolarla, lo bajan de la Cruz con una sábana, lo embalsaman con mirra y aloe y lo amortajan con lienzos de lino. Luego cierran la tumba haciendo rodar una pesada piedra hasta que la entrada queda totalmente obstruida.
A cierta distancia, María Magdalena y María la de José contemplan la escena tomando buena nota de dónde está siendo enterrado el Rabí.


© Canel
10 de abril
AÑO 1º de CONFINAMIENTO



[1] Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y de Perea pero sin jurisdicción sobre Judea, era algo así como el monarca, siempre bajo la supervisión de Roma.
[2] Prócula subió a los altares y es santa para la Iglesia ortodoxa oriental y para la Iglesia ortodoxa etíope, que también considera santo a Poncio Pilato.
[3] El asunto de Barrabás es muy enigmático. No se sabe bien ni quién era ni qué es lo que hizo, Podría ser un terrorista político (acaso por ello estaba el pueblo nacionalista de su parte) o un simple bandolero, como dice Juan. No se tiene noticia de la supuesta costumbre (ni romana ni hebrea) de soltar un preso por Pascua y, por último, parece bastante bien documentado que se llamaba Jesús Barrabas. Pero resulta que Bar Abba quiere decir en arameo “Hijo del Padre”. ¿Era, por tanto, el preso “Jesús Hijo del Padre”? ¿Serían Jesús y Barrabas una misma persona y este episodio es fruto solo de una deficiente traducción?
[4] La iconografía y la historia no tiene por qué ir de la mano. Con las brazos en alto el reo respira mejor, no puede mover los codos o el cuerpo para hurtarlo de los latigazos y si se desmaya no cae al suelo.
[5] La prestigiosa revista científica norteamericana  Sciencie, publicó un septiembre de 2006 un artículo sobre la tendencia del hombre a lavarse las manos cuando realiza actos contarios a su conciencia.
[6] El episodio de la Verónica no aparece en ninguno de los 4 evangelios canónicos. Es una figura que pertenece a la Tradición.